Día 371

MARCOS 9.14-29, MATEO 17.14-21, LUCAS 9.37-43, MARCOS 9.30-32, MATEO 17.22-23, LUCAS 9.43-45, MATEO 17.24-27, MARCOS 9.33-37, MATEO 18.1-6, LUCAS 9.46-48, MARCOS 9.38-41, LUCAS 9.49-50, MARCOS 9.42-50, MATEO 18.7-35.

Nuestro estudio de hoy corresponde a los siguientes eventos en el ministerio de Jesús: la sanidad de un muchacho endemoniado que los discípulos no pudieron sanar, un tiempo de instrucción de Jesús a sus discípulos, la cuestión del pago del impuesto del templo por parte de Jesús, la discusión sobre quién era el más importante de los discípulos, el asunto de otros que hacían cosas en el nombre de Jesús, la condenación a aquellos que hacen pecar a otros y cómo arreglar conflictos entre hermanos en la fe.
Iniciemos con el asunto de la sanidad al muchacho endemoniado (Marcos 9.14-29, Mateo 17.14-21 y Lucas 9.37-43). Revisando los tres pasajes en los evangelios correspondientes, podemos notar lo siguiente:
  1. Primero recordemos el contexto inmediato anterior al suceso (Marcos 9.2-13). Fue el momento de la transfiguración, cuando los discípulos de Jesús presenciaron una transformación maravillosa en el aspecto de Cristo. Regresaban justo de ese evento, bajando de la montaña a donde habían estado con Jesús. Imaginemos toda la fe que traían los 3 discípulos que venían con Jesús (Pedro, Jacobo y Juan), ¡traían la pila espiritual bien recargada por lo que habían visto!
  2. El panorama que Jesús encontró a su regreso con la gente fue el siguiente: el resto de sus discípulos discutiendo con los maestros de la ley (Mr 9.14), mucha gente se había reunido y estaba a la expectativa (Lc 9.37), y un padre desesperado le rogaba a Jesús que lo ayudara argumentando que sus discípulos habían fracasado en el intento de un exorcismo (Mt 17.14-16). Es decir, ¡todo un desastre!
  3. La reacción de Jesús ante todo lo que estaba presenciando fue emitir expresiones de indignación y enojo por la falta de fe tanto de los discípulos como de la gente en general. Su primer reclamo hacia ellos fue: “—¡Ah, generación incrédula!—respondió Jesús—. ¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos?” (Mr 9.19). ¿Por qué Jesús les hablaría tan fuerte? Recordemos que justo antes del milagro de las 5,000 personas que comieron, Jesús les había dado a los apóstoles “poder y autoridad para expulsar toda clase de demonios” (Lc 9.1). Es decir, los discípulos fallaron no por falta de poder y recursos de parte de Dios, sino porque seguramente les falto fe personal para llevar a cabo la expulsión. Aquí podemos ver que aunque ellos ya tenían el poder de Dios otorgado por Jesús, se requería fe de parte de ellos para activarlo, pero como no la tuvieron, no pudieron ayudar al muchacho. Después cuando el padre del joven le dijo a Jesús, “Si puedes hacer algo, ten compasión de nosotros y ayúdanos.” (Mr 9.22), seguramente contagiado del ambiente de fracaso del momento, Jesús le contestó, “—¿Cómo que si puedo? Para el que cree, todo es posible.” (Mr 9.23). Jesús tampoco aceptó la duda de ese hombre aunque hubiera sido generada por la falla de sus discípulos. En pocas palabras, Jesús rechazó ese ambiente de falta de fe, dudas y falta de poder de Dios. Simplemente no lo aceptaría porque eso no era lo que Dios podía hacer, ¡más bien era lo que los hombres podían hacer!
  4. Pero no se hundió en el enojo ni se entregó a la frustración, más bien dijo, “Tráiganme al muchacho.” (Mr 9.19). Es decir, inmediatamente entró en acción y decidió poner las cosas en orden. No iba a permitir que la gente se quedara con una impresión negativa de Dios y de su poder. Más bien se aseguró que la gente comprendiera que Dios sí podía hacer lo imposible para los hombres.
  5. Una evidencia de que Jesús no se mantuvo enojado con sus discípulos que fracasaron en el intento de exorcismo es que después cuando estuvo en privado con sus discípulos respondió con tranquilidad al cuestionamiento de ellos de por qué no pudieron tener éxito. Mateo y Marcos nos proporcionan 2 respuestas que dio Jesús: a) porque tenían poca fe (Mt 17.20) y los animó a tener una fe aunque fuera del tamaño de un grano de mostaza pero que sería suficiente para mover montañas, b) porque a esa clase específica de demonios que poseía al muchacho solo se le podía expulsar “a fuerza de oración” (Mr 9.29) o “con oración y ayuno” (RVR95). De sus respuestas aprendemos lo siguiente: a) Jesús no se mantenía enojado con sus discípulos aunque hubieran fallado sino que con amor los instruía en su falla para que mejoraran la siguiente vez, b) la importancia de la fe para que Dios trabaje en la vida de las personas, c) hay “clases” de demonios y algunos son más fuertes que otros, d) para nosotros los seres humanos las disciplinas espirituales de la oración y el ayuno son trascendentes para interceder con éxito ante Dios por la liberación de las garras de Satanás de otras personas.
Justo al terminar aquel suceso, Jesús se tomó un tiempo para estar a solas con sus discípulos para instruirlos mientras  llegaban a la región de Galilea (Mr 9.29-30). A pesar de tanta necesidad en las personas alrededor, Jesús también reconocía la importancia de entrenar a los apóstoles y dedicó varios tiempos para exclusivamente enseñarles a ellos. En esta ocasión, Jesús les anunció su pasión, su muerte y su resurrección; ¡así de directo! (Marcos 9.30-32, Mateo 17.22-23 y Lucas 9.43-45). De hecho, les decía, “—Presten mucha atención a lo que les voy a decir” (Lc 9.44). No fueron palabras dichas de forma informal mientras caminaba y volteando para otro lado, como no queriendo que escucharan. Más bien fueron cosas que les dijo de frente. La Biblia registra que ellos escucharon tan bien y comprendieron lo que dijo que: a) “se entristecieron mucho” (Mt 17.23), b) tenían miedo de preguntarle más al respecto (Lc 9.45) y c) se quedaron con dudas porque “no entendían”. Eran muchas emociones para los discípulos de Jesús en un día: la transfiguración (para 3 de ellos), el fracaso en el exorcismo, el poder de Jesús demostrado nuevamente y ahora un anuncio tan fuera de lugar como su muerte y su resurrección. ¡Simplemente era demasiado para ellos! Pero lo entenderían después.
Ahora, en Mateo 17.24-27 encontramos un relato único: cuando “los que cobraban el impuesto del templo” (Mt 17.24) se acercaron a Pedro para cuestionarlo sobre el pago del impuesto por parte de Jesús, al llegar a Capernaúm. Veamos la situación:
  1. ¿Quiénes eran estos “cobradores del impuesto del templo” (NTV) de Mt 17.24? No eran los famosos cobradores de impuestos como Mateo, que se encargaban de recolectar el impuesto para Roma. Más bien, eran personas que se encargaban de cobrar un impuesto basado en Éxodo 30.13 (para mantener en aquel tiempo al tabernáculo) y que consistía en 2 dracmas. De acuerdo con el IVP Bible Background Commentary: New Testament, de InterVarsity Press, este impuesto correspondía a 2 días de salario y era pagado por todos los judíos hombres adultos en solidaridad con el templo de Jerusalén, para que su mantenimiento. Era muy diferente a las ofrendas que los judíos presentaban al templo. Estos hombres al preguntar si Jesús pagaba o no el impuesto, estaban preguntando si Jesús sería solidario o no con el templo de Jerusalén y si lo apoyaría o no.
  2. Pedro contestó que sí (Mt 17.25) y Jesús se dio cuenta (como siempre). Entonces lo que hizo para conseguir ese dinero fue algo espectacular: enviar a Pedro a pescar y al primer pez que mordiera el anzuelo, sacarle una moneda que aparecería en su boca, o “un estatero” (Mt 17.27, BTX), una moneda que equivalía a 4 dracmas). Era la cantidad exacta para pagar el impuesto de Pedro y el de Jesús.
  3. ¿Por qué aceptó pagar si Jesús mismo explicó que él estaba exento del pago por ser quien era? Dijo “para no escandalizar a esta gente” (Mt 17.27), es decir, se aseguró que no hubiera nada que le pudieran reprochar o acusar los judíos en cuanto a su integridad personal ni a la de sus discípulos. Siguió las reglas de los impuestos solo para no ser motivo de tropiezo para nadie.
En Marcos 9.33-37, Mateo 18.1-5 y Lucas 9.46-48 encontramos la famosa discusión entre los discípulos sobre quién de ellos era el más importante. Veamos los puntos importantes:
  1. Ya habían llegado a Capernaúm, a la casa donde Jesús vivía (Mr 9.33), que como hemos estudiado antes, seguramente era la casa de Pedro, que se convirtió en su centro de operaciones para su ministerio en la región.
  2. Lucas 9.46 nos dice que había surgido una discusión entre ellos por ver quién era el más importante. Marcos 9.33 añade que esto sucedió mientras iban en el camino a Capernaúm, posiblemente caminando atrás de Jesús. Lucas 18.1 dice que los discípulos fueron directo con Jesús para preguntarle lo mismo. ¿Qué sucedió en realidad? ¡Todo esto! Mientras caminaban rumbo a Capernaúm, a espaldas de Jesús, fueron discutiendo sobre quién era el más importante entre ellos, y al no resolver el asunto, no se aguantaron las ganas y le fueron a preguntar directamente a Jesús lo mismo, como si él les fuera responder y favorecer a uno de ellos.
  3. Jesús les dio una lección muy poderosa sobre motivos puros y la fe en Dios. Puso a un niño en medio de ellos y les dijo, “—Les aseguro que a menos que ustedes cambien y se vuelvan como niños, no entrarán en el reino de los cielos. 4 Por tanto, el que se humilla como este niño será el más grande en el reino de los cielos.” (Mt 18.3-4). Marcos 9.35 añade, “—Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.” y Lucas 9.48 dice, “El que es más insignificante entre todos ustedes, ése es el más importante.”  ¿Por qué la comparación con un niño? ¿Les estaba pidiendo que pensaran como niños pequeños aunque ya eran adultos? No, más bien, como lo expresa el Holman New Testament Commentary: Matthew, de Broadman & Holman Publishers, Jesús no les estbaba pidiendo que se volvieran infantiles emocionalmente hablando, sino que mostraran la humildad de un niño: sin egoísmo, sin pretenciones, sincero. ¡Todo lo contrario a lo que estaba saliendo de sus corazones! Había egoísmo, orgullo, malos motivos, ambiciones de poder, y más. Jesús les pidió “a menos que ustedes cambien y se vuelvan como niños” (Mt 18.2), es decir, si querían ser sus discípulos necesitaban ser transformados completamente, comenzando con lo que salía de sus corazones.
  4. Jesús era tan serio en lo que les pedía que incluso les advirtió que no entrarían al reino de los cielos si no experimentaban cada uno esa transformación interna (Mt 18.2). Con esto estaba aclarando que el reino de Dios no es para los auto-suficientes, orgullosos, vanidosos, los que están luchando por una posición y por reconocimiento todo el tiempo, para los que quieren convertir el liderazgo cristiano en algo político, y más. Debemos tomar muy en serio su advertencia, ¡Jesús no estaba jugando con esto!
En Marcos 9.38-41 y Lucas 9.49-50 sucedió algo interesante. Justo durante la discusión con sus discípulos sobre la cuestión de quién era el más importante, Lucas 9.47 registra que el apóstol Juan interrumpió el momento para avisarle a Jesús que se habían encontrado alguien que expulsaba demonios en su nombre y que se lo impidieron. ¿Qué tenía que ver ese tema con la enseñanza que Jesús les estaba dando? Un ejemplo de lo extraviado que estaban los corazones de los apóstoles en ese momento. Pero Jesús amablemente aceptó la interrupción y les enseñó que no debían interrumpir a esas personas en su labor, porque “El que no está contra nosotros está a favor de nosotros. 41 Les aseguro que cualquiera que les dé un vaso de agua en mi nombre por ser ustedes de Cristo no perderá su recompensa.” (Mr 9.40-41).  La Biblia de Estudio Apologética menciona que era muy posible que eso estuviera pasando: otras personas hablando en el nombre de Jesús y expulsando demonios incluso, como aquellos judíos de quienes posteriormente se escribiría en Hechos 19.13. Sin embargo, parece que la pregunta de Juan no era tanto en el contexto de un celo por el nombre de Jesús, sino más bien de rivalidad entre el grupo de los apóstoles y otro grupo de personas que hablaran de Jesús. Por eso Jesús les contestó que no se metieran en esas discusiones y que dejaran que quienes hablaran de Jesús bien, lo siguieran haciendo, ¡todos tendrían su recompensa de una u otra forma!
Marcos 9.42-50 y Mateo 18.6-35 nos presentan la advertencia sobre el peligro de hacer pecar a otros creyentes. Veamos los puntos relevantes:
  1. En el contexto inmediato anterior, Jesús está hablando de los niños directamente, llamando a los discípulos a imitar sus corazones (Mt 18.4-5). Pero después en Mateo 18.6 dice, “Pero si alguien hace pecar a uno de estos pequeños que creen en mí…”. ¿Sigue refiriéndose exclusivamente a los niños que creen en él? En realidad no, ya que Jesús está apuntando ahora a todos los que decidieron ser como niños en sus corazones para seguirlo y que llegan a adquirir una fe genuina en él, es decir, ¡otros discípulos! Podemos comprobar esto en una expresión anterior de Jesús parecida: “Y quien dé siquiera un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por tratarse de uno de mis discípulos, les aseguro que no perderá su recompensa.»” (Mt 10.42). Es decir, Jesús hizo una transición en su discurso sobre los niños pequeños para ahora referirse en general a todos aquellos adultos que llegan a convertirse en sus discípulos de forma sincera.
  2. Jesús aceptaba que en el mundo habría cosas que serían mucha tentación para los hombres y terminarían pecando, ¡es parte de la esencia de este mundo caído! Pero una cosa que le indignaba mucho era cuando seres humanos se proponían hacer pecar a otros y especialmente “a uno de estos pequeños que creen en mí” (Mt 18.6), es decir, a discípulos de Jesús. Las imágenes que Jesús nos deja revelan el grado de indignación que sentía: que alguien se cuelgue una piedra y se aviente a lo profundo del mar, que era mejor cortarse mutilarse manos, pies u ojos con tal de no pecar. También mencionó que el castigo de aquellos que hicieran eso sería “el fuego del infierno” (Mt 18.9). Es algo muy serio para Jesús y obviamente para Dios que un creyente o no creyente se proponga hacer caer en pecado a un creyente. ¡Mejor ni intentarlo! Las consecuencias eternas de eso son terribles.
  3. En Mateo 18.10 Jesús mencionó que nadie se atreviera a menospreciar a ningún creyente porque “en el cielo los ángeles de ellos contemplan siempre el rostro de mi Padre celestial.” De acuerdo con La Biblia de Estudio Apologética, había una creencia común en el primer siglo en el judaísmo sobre el concepto del “ángel guardián”. Sin embargo, aquí Jesús afirma que efectivamente había ángeles representando a cada creyente ante Dios en el cielo, y como habla en presente continuo, le da más fuerza aún a su argumento. Esto nos recuerda a Hebreos 1.14 que dice, “¿No son todos los ángeles espíritus dedicados al servicio divino, enviados para ayudar a los que han de heredar la salvación?”
  4. Después de contar la parábola de la oveja perdida (Mateo 18.12-13), Jesús afirmó que Dios no quería que ninguno de los “pequeños” que creen en Él se perdiera. Esto refleja el corazón de Dios, que con gran trabajo lleva a las personas a su reino y que quiere que permanezcan fieles hasta el fin. ¿Tenemos nosotros el mismo corazón?
En ese mismo contexto del corazón de Dios para con los creyentes y de su deseo que nadie se pierda, Jesús impartió grandes enseñanzas sobre las relaciones humanas sanas en el reino de Dios (Mateo 18.15-35):
  1. Primero enseñó sobre cómo arreglar situaciones cuando un hermano “peca” contra nosotros (Mt 18.1). De esa enseñanza aprendemos lo siguiente: a) van a existir malos entendidos y conflictos entre creyentes, por eso Jesús enseñó cómo resolverlos; b) el primer paso es siempre intentar hablar con la persona “a solas” y no ir a contarlo a terceros, c) de ahí vienen una serie de pasos que es necesario seguir para que se resuelva bien el asunto. Recordemos que el contexto es no hacernos pecar unos a otros, sino respetarnos como creyentes en Cristo.
  2. Jesús ordenó que nos aseguráramos que el proceso llegara hasta el nivel necesario si no se arreglaba en un nivel anterior. Así, se contempla que estas pláticas llegaran incluso a ser expuestas ante la futura iglesia. Y si aún así no se arreglaba, la persona que ofendía sería sujeta de disciplina en la iglesia (tratarlo como un incrédulo, es decir, no reconocerlo como parte de la confraternidad cristiana).
  3. Aquí es donde las mismas palabras que Jesús dijo a Pedro anteriormente, ahora se las dice a todos los discípulos: “»Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo.” (Mt 18.18). Jesús les estaba dando autoridad para decidir sobre la relación fraternal entre 2 creyentes en conflicto, y el resultado de esas decisiones tendrían un impacto eterno.
  4. La oración de intercesión expresada en Mateo 18.19-20 nos muestra que el objetivo del proceso de resolución de conflictos es lograr la reconciliación, no ver quién gana. Lo que Jesús quería al final era que se orara por las personas en conflicto para que solucionaran sus problemas. Todas las sesiones de resolución de conflictos necesitan buenas dosis de oración de terceros por los involucrados.
  5. Por último, Jesús habló de la importancia de perdonar a otros, ya que Pedro le preguntó que si hasta siete veces estaba bien perdonar al hermano ofensor (Mt 18.21). Aunque el número siete representaba algo completo, Jesús agregó, “hasta setenta veces siete” (Mt 18.22), es decir, ¡todo el tiempo! Un número ilimitado de veces. Y después de contar la parábola del funcionario que no quiso perdonar, Jesús terminó diciendo, “»Así también mi Padre celestial los tratará a ustedes, a menos que cada uno perdone de corazón a su hermano.” (Mt 18.35). Si un creyente se permitía llevar su conflicto con otro creyente al punto de odio, resentimiento y falta de perdón, ¡pagaría graves consecuencias! Jesús promete que Dios trataría sin misericordia a aquella alma turbada que decidiera que no perdonaría de corazón a sus hermanos. ¡Hay que tomar en serio esto!

Conclusiones:

  1. Asegurémonos que todo lo que hagamos para Dios lo hagamos con fe, porque sin fe las cosas no salen bien y no agradamos a Dios. La fe es un ingrediente fundamental que Dios quiere ver en nuestro corazón.
  2. Cuidemos nuestro ejemplo ante el mundo que nos rodea, para no escandalizar a nadie y que puedan señalar manchas en nuestra vida de fe. Así lo hizo Jesús, así hagámoslo nosotros.
  3. A Jesús le interesan mucho nuestros motivos, el por qué hacemos lo que hacemos. Realmente los motivos para Dios son más importantes que las acciones en sí. Cuidemos nuestro corazón para imitar el de los niños en lugar de dejarlo que se siga contaminando de las dinámicas pecaminosas de este mundo.
  4. Tomemos en serio las advertencias de Jesús sobre hacer pecar a otros y sobre no perdonar. ¡Las consecuencias son eternas! Muchos cristianos no toman en serio esto y se dan el lujo de andar resentidos por años o de estar buscando cómo hacer pecar a otros. Un día tendrán que rendir cuentas a Dios por cada una de esas decisiones.
  5. Cuando existan conflictos entre hermanos en la iglesia, ¡no nos extrañemos! Jesús lo anticipó en las Escrituras. Más bien, asegurémonos de obedecer los pasos que él nos dejó para solucionarlos, y todo saldrá bien. El problema viene cuando los creyentes los quieren resolver a su manera, pasando por alto las Escrituras, ¡entonces todo sale mal!

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