Día 372

JUAN 7.1-9, LUCAS 9.51-56, MATEO 8.18-22, LUCAS 9.57-62, JUAN 7.10-8.20.

Retomando nuestro estudio de la vida y el ministerio de Jesús, hoy estudiaremos varios eventos importantes: la incredulidad de la familia de Jesús, el difícil carácter de algunos de sus discípulos, el costo del discipulado, la enseñanza de Jesús durante la fiesta de los Tabernáculos y el controversial episodio de la mujer adúltera que le llevaron para que la condenara.
En Juan 7.1-9 encontramos a Jesús en Galilea, continuando con su ministerio, como hemos estado estudiando en los días anteriores. Sin embargo, en esta ocasión, Jesús tuvo un encuentro difícil con sus hermanos. Para este momento, Jesús ya sabía que los religiosos judíos estaban haciendo planes para arrestarlo y matarlo y por eso, “No tenía ningún interés en ir a Judea, porque allí los judíos buscaban la oportunidad para matarlo.” (Jn 7.1). Jesús era astuto y aunque sabía que para eso había venido al mundo, también sabía que todavía no era el momento para su final y tenía que ser sabio y alejarse de los sitios de peligro hasta que le llegara la hora de ir a Jerusalén. Fue entonces cuando se dio el tiempo de la Fiesta de los Tabernáculos, que fue ordenada por Dios en Levítico 23.33-43, y que era celebrada por los israelitas al término de la cosecha construyendo chozas con ramas para recordar cómo fue la vida de sus antepasados en el desierto. Por aquellos días, cuando peregrinos judíos de todas partes llegaban a Jerusalén para esta celebración, sus hermanos le dijeron en un evidente tono sarcástico, “—Deberías salir de aquí e ir a Judea, para que tus discípulos vean las obras que realizas…” (Jn 7.3). Ellos sabían de todas las cosas milagrosas que hacía Jesús y sin embargo, “ni siquiera sus hermanos creían en él” (Jn 7.5). Tristemente ni siquiera su propia familia creía en él. Esto cambiaría tiempo ya que Hechos 1.14 dice, hablando de los apóstoles después de la ascención de Jesús, “Todos ellos se reunían siempre para orar con algunas mujeres, con María, la madre de Jesús, y con sus hermanos.” (DHH-LA). Más adelante estudiaremos las razones que llevaron a la familia de Cristo a creer en él. Pero por lo pronto quedémonos con esta imagen: la familia de Jesús no creía en él y le hablaban sarcásticamente sobre su ministerio. Seguramente esto también causó una tristeza al corazón de Cristo, pero eso no impidió que él siguiera adelante con su misión. Sin embargo, si les aclaró, “Suban ustedes a la fiesta. Yo no voy todavía a esta fiesta porque mi tiempo aún no ha llegado.” (Jn 7.8). Su decisión final fue quedarse un momento más en Galilea y no acompañar a sus hermanos a la fiesta.
Posiblemente en aquel intervalo entre su decisión de quedarse en Galilea y después de ir a Jerusalén, sucedió lo que Lucas 9.51-56 narra:
  1. Lucas 9.51 dice que Jesús había hecho ya el “firme propósito de ir a Jerusalén” y envió mensajeros a un pueblo samaritano para prepararle alojamiento, quienes recibieron una negativa total ya que se dieron cuenta “que se dirigía a Jerusalén” (Lc 9.53). ¿Por qué esta reacción de ellos? De acuerdo con el IVP Bible Background Commentary: New Testament, de InterVarsity Press, los judíos y los samaritanos detestaban mutuamente sus sitios sagrados. Ya anteriormente, en el s. II a.C., un rey judío había destruido el templo Samaritano. Posteriormente, los samaritanos participaron en el saqueo al templo de Jerusalén cuando los romanos lo ocuparon en el 70 d.C. Incluso los samaritanos eran conocidos por agredir a los peregrinos judíos que pasaban por su territorio rumbo a Jerusalén. Así que no era nada extraño que la gente de Samaria los rechazara. Recordemos que anteriormente (en Juan 4), Jesús había había predicado el evangelio a un pueblo de Samaria y ellos habían terminado creyendo en él. Posiblemente estas personas que lo rechazaron no pertenecían al mismo pueblo que visitó anteriormente.
  2. El problema en esta historia no fue tanto el rechazo de los samaritanos sino la reacción de algunos de sus discípulos, en este caso los hermanos Jacobo y Juan, quienes al ver el rechazo dijeron, “—Señor, ¿quieres que hagamos caer fuego del cielo paraque los destruya?” (Lc 9.54) o “¿quieres que ordenemos que baje fuego del cielo, y que acabe con ellos?” (DHH-LA). Curiosamente, los discípulos que anteriormente habían tenido muy poca fe en diferentes situaciones donde Jesús mostró su poder sobrenatural, ahora casualmente tenían mucha fe para controlar algún tipo de castigo divino en forma de fuego que tendría poder para consumir un pueblo entero de Samaria. Tal vez tenían en la mente lo que sucedió con Sodoma y Gomorra y cómo Dios destruyó aquellas ciudades con fuego del cielo. O como la RVR95 añade, “como hizo Elías”, tal como algunos manuscritos antiguos de Lucas afirman. Ahora comprendemos más por qué Jesús llamaba “Hijos del Trueno” (Mr 3.17) a los hermanos Santiago y Juan, ¡realmente su carácter era muy explosivo! Irónicamente, el apóstol Juan con el correr de los años se convertiría en el “apóstol del amor” (como frecuentemente se le ha apodado por el contenido de las cartas que escribió en el Nuevo Testamento).
  3. Jesús terminó reprendiéndolos (Lc 9.55) y continuando su viaje a otra aldea. La NBLH y la RVR95 añaden en el v. 56 el siguiente texto a la reprensión, ““Ustedes no saben de qué espíritu son, 56 porque el Hijo del Hombre no ha venido para destruir las almas de los hombres, sino para salvarlas.”” (Lc 9.55-56). Algunos manuscritos antiguos contienen este texto que no ha sido reconocido por el resto de las traducciones que analizamos en este estudio. Era un hecho que a los apóstoles de Jesús todavía les faltaba un largo camino por recorrer en cuanto a la transformación interna que Jesús quería lograr en ellos. El problema es que el tiempo estaba corriendo y pronto Jesús tendría que enfrentar sus momentos más difíciles.
Después de esto, en Lucas 9.57-62 y en Mateo 18.18-22 encontramos lo que ha sido llamado “el costo del discipulado”, es decir, el precio que  es necesario pagar por seguir a Cristo. Diferentes hombres se acercaron a Jesús, varios con disposición aparente a seguirlo, pero él respondió de formas inesperadas que nos puede desconcertar un poco. Pero debemos recordar que Jesús no se dejaba guiar por las apariencias, sino que juzgaba lo que había en lo profundo del corazón humano. Y para cada uno de los prospectos a discípulos suyos, Jesús les contestó de forma directa a la necesidad que había en sus corazones:
  1. Al hombre dispuesto a ir “a donde quiera que vayas” (Lc 9.57), Jesús le contestó, “el Hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza” (Lc 9.58). Nunca le dijo algo que pareciera que lo había aceptado, más bien lo confrontó con la realidad de lo que estaba pidiendo: seguir a Cristo no era para personas cómodas y que buscan su bienestar personal exclusivamente. Este principio universal sigue siendo vigente al día de hoy ya que el cristianismo bíblico verdadero nos lleva a una vida de sacrificio, negación de nosotros mismos, amor al prójimo y una constante batalla contra la influencia pecaminosa del mundo. ¿Suena esto a una vida cómoda? ¡Para nada! Jesús quería que este hombre pudiera comprender esta realidad y no se engañara.
  2. Al hombre que contestó que primero quería enterrar a su padre antes que seguir a Jesús, él le dijo, “—Deja que los muertos entierren a sus propios muertos, pero tú ve y proclama el reino de Dios” (Lc 9.60). ¿Cómo podemos entender este encuentro? El The New American Commentary: Luke, de Broadman & Holman Publishers, nos dice que para un judío del primer siglo el enterrar al padre o la madre así como seguir el ritual posterior eran obligaciones ineludibles. Algunos intérpretes han comentado que el hombre tenía a su padre vivo todavía y tal vez estaba queriendo decir que lo esperara hasta que muriera. En cualquier caso, ya fuera que el padre había muerto o que estaba vivo, lo que el hombre estaba pidiéndole a Jesús era un tiempo de 1 a varios años de espera. Jesús no aceptó la propuesta y le hizo ver al hombre que el llamado divino del Hijo de Dios tiene prioridad por encima de cualquier otra prioridad familiar. No es un llamado fácil, pero Jesús lo hizo y lo sigue haciendo hoy. No nos llama a convertirnos en hijos irresponsables, sino más bien a decidir obedecer siempre primero a Cristo antes que a los hombres y a darle prioridad a lo que Jesús quiere antes que lo que los hombres nos piden.
  3. Por último, al hombre que se presentó aparentemente dispuesto a seguirlo pero después dijo, “primero déjame despedirme de mi familia” (Lc 9.61), Jesús le respondió, “—Nadie que mire atrás después de poner la mano en el arado es apto para el reino de Dios.” o “El que pone la mano en el arado y sigue mirando atrás, no sirve para el reino de Dios.” (DHH-LA). El libro The New Manners and Customs of the Bible, de Bridge-Logos Publishers, nos dice que en el arado típico del primer siglo, el agricultor tenía que empujar con todo su peso en la manija del mismo para lograr que la cuchilla tocara el piso y para mantener derecho el surco. Si estaba distraído o no ponía la fuerza completa de su cuerpo en el aparato, los surcos saldrían torcidos. Usando esta imagen, Jesús nos enseña que si lo vamos a seguir, no podemos continuar mirando hacia nuestra vida pasada y todo lo que estamos dejando con nostalgia, porque entonces seremos inútiles para su servicio. Eso precisamente fue lo que le pasó al pueblo de Israel durante su viaje en el desierto, ¡miraban hacia atrás (Egipto) con nostalgia una y otra vez! Y todos murieron en el viaje, toda su generación no conoció la tierra prometida.
Ahora, en Juan 7.10-52 y 8.12-20, la Biblia nos dice qué sucedió después de que los hermanos de Jesús se fueron a Jerusalén a la fiesta de los Tabernáculos y él se quedó en Galilea:
  1. Cambió de opinión y se fue a la fiesta (Jn 7.10), aunque en secreto. No quería que la gente lo identificara, al menos al inicio. Mientras tuvo oportunidad de estar escuchando lo que la gente decía de él, mezclado entre toda la multitud. Ahora, ¿pódemos interpretar este cambio en Jesús como inseguridad de su parte? ¿Podemos decir que Jesús era un indeciso? Recordemos la respuesta que Jesús les dio a sus hermanos cuando ellos le pedían que ya fuera con ellos a la fiesta: “Suban ustedes a la fiesta. Yo no voy todavía a esta fiesta porque mi tiempo aún no ha llegado.” (Jn 7.8). Nunca les dijo uno “no” definitivo, simplemente les contestó que todavía no iría porque no era su tiempo, pero llegaría el momento en que si iría. Jesús seguía los tiempos de su Padre, no de su familia. Nunca debemos permitir que nuestra familia o nuestras amistades definan nuestros tiempos para cosas en las que sabemos que Dios nos ha mostrado que debemos esperarnos.
  2. A la mitad de la fiesta decidió que era tiempo de mostrarse públicamente (Jn 7.14) y comenzó a enseñar varias cosas: a) que las personas que sinceramente querían hacer la voluntad de Dios lo reconocerían a él como alguien venido de Dios (Jn 7.17), b) evidenció los planes de los judíos para matarlo (Jn 7.19), c) denunció la desobediencia de Israel a los verdaderos mandatos de la ley de Moisés, d) les enseñó a no juzgar nunca por las apariencias sino con rectitud (Jn 7.24), e) afirmó que venía de Dios a quien ellos no conocían en realidad (Jn 7.28), f) profetizó que le faltaba poco tiempo en la tierra y después se iría (Jn 7.33), h) ofreció “ríos de agua viva” a quienes lo desearan (Jn 7.38, refiriéndose al Espíritu Santo que sus discípulos recibirían posteriormente), i) dividió a la multitud (Jn 7.43), incluso impresionó a los guardias que supuestamente fueron a arrestarlo (Jn 7.46-47), j) afirmó ser “la luz del mundo” que ilumina a todos (Jun 8.12), k) y finalmente afirmó también que sus testigos de que él era íntegro y decía la verdad eran él mismo y su Padre (Jn 8.18).
  3. A lo largo de todas estas enseñanzas hubo diferentes reacciones en la multitud: algunos lo reconocieron como el Mesías (Jn 7.40), otros estaban cegados por sus prejuicios sociales contra los galileos y no lo quisieron reconocer (Jn 7.41), los guardias del templo estaban impresionados de la forma en que hablaba al grado que no pudieron arrestarlo (Jn 7.46) y los fariseos y los jefes de los sacerdotes estaban frustrados y muy enojados (Jn 7.53). Al final, nadie pudo hacerle nada, porque su tiempo no había llegado y Dios no permitiría que algo malo le pasara antes de tiempo. A pesar de conocer los planes para hacerle daño, Jesús habló con toda confianza y con mucho valor delante de sus enemigos y de todo el pueblo reunido para la fiesta de los Tabernáculos en el templo de Jerusalén. Ni el complot contra su vida lo frenó. Antes no lo quiso hacer, pero sabía que ahora era el momento en que Dios quería que lo hiciera, y obedeció, no dudó ni se entregó al miedo ni a la incertidumbre. ¡Una gran lección para nosotros también sin duda!
Para terminar, revisemos el relato de la mujer sorprendida en adulterio (Jn 8.1-11), un pasaje que ha generado varias controversias a lo largo de los siglos:
  1. Primero, de acuerdo con la Biblia de Estudio Apologética, el texto contenido en Juan 7.53-8.11 no se encuentra en los más antiguos y mejores manuscritos del Nuevo Testamento. Sin embargo, ha sido aceptado como una historia verídica que posiblemente se conservó en la tradición oral y después fue añadida por escribas al evangelio de Juan. Por esa razón en la mayoría de las Biblias esta porción de Juan aparece separada con corchetes o con algún otro símbolo, y con notas de referencia que explican que es posible que el texto fue añadido posteriormente a la escritura del evangelio original de Juan.
  2. El relato ubica a Jesús al día siguiente de su controversial discurso en el templo registrado en el capítulo anterior, por la mañana, nuevamente en la estructura del templo de Jerusalén (Jn 8.1).
  3. Ante el caso de una mujer sorprendida en adulterio, los religiosos judíos (maestros de la ley y fariseos) apelaron a lo que decía Levítico 20.10 (NVI), “Si alguien comete adulterio con la mujer de su prójimo, tanto el adúltero como la adúltera serán condenados a muerte.” Pero no fueron a decírselo a Jesús para demostrarle qué obedientes eran a la ley, sino “para ponerlo a prueba” (Jn 7.6).
  4. Como ya lo sabemos, Jesús sabía las intenciones malvadas de sus corazones y la falta de compasión de ellos hacia la mujer, que no les interesaba en lo más mínimo. A ella solo la utilizaron como una herramienta para intentar dañar la reputación de Jesús y tener argumentos para acusarlo y descalificarlo ante el pueblo.
  5. La reacción de Jesús ante la situación fue muy extraña (ponerse a escribir algo en la tierra, Jn 7.6) y después les dijo, “—Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra.” (Jn 8.7). Esta frase era una referencia directa a Deuteronomio 13.9, “ni dudes en matarlo. Al contrario, sé tú el primero en alzar la mano para matarlo, y que haga lo mismo todo el pueblo.” Sorprendentemente, uno tras otro de los agresores (iniciando por los más viejos) se comenzaron a ir hasta que no quedó nadie. Mientras el siguió escribiendo en la tierra.
  6. ¿Qué escribió? No tenemos ningún registro bíblico que nos de alguna idea. Algunos intérpretes han especulado diciendo que tal vez estaba escribiendo los pecados de todos los religiosos judíos que estaban acusando a la mujer y por eso, ellos al darse cuenta de lo que Jesús escribía, mejor se fueron. Pero la realidad es que no podemos asegurar nada.
  7. Al final, al cuestionar a la mujer dónde estaban todos los que la acusaban, él decidió perdonarla y no condenarla. A diferencia de los religiosos que llegaron con él, a Jesús sí le importaba el corazón de la mujer. Seguramente vio toda la humillación pública que ella estaba experimentando, seguramente la vio arrepentida de su pecado, seguramente la vio sin esperanza. Y es justo donde Jesús entró: para levantar al humillado, para perdonar al arrepentido, para dar esperanza al que no la tiene. Solamente le encargó: “Ahora vete, y no vuelvas a pecar.” (Jn 8.11).

Conclusiones:

    1. Si experimentamos rechazo y persecución familiar, dejemos nuestro dolor en manos de Dios y decidamos seguir adelante, sin intimidarnos y sin desconfiar de Jesús. El tiene poder para cambiar los corazones de nuestros familiares para que un día puedan alcanzar a comprender el llamado de Cristo también y respeten nuestro compromiso con él.
    2. No nos desesperemos si no vemos los cambios en nuestro carácter que quisiéramos a la velocidad que deseáramos. Si bien es cierto que como discípulos de Jesús necesitamos tener nuestra expectativa de transformación alta, también es cierto que Dios trabajará en nuestro corazón con el tiempo y nos ayudará a ir experimentando los cambios que necesitamos. Si el “hijo del trueno” se convirtió después en “el apóstol del amor”, ¡nosotros podemos cambiar también!
    3. El precio que se tiene que pagar por seguir a Cristo es alto y nunca debemos tratar de suavizarlo para no espantar a los prospectos a futuros discípulos de Jesús. Es mejor que comprendamos desde antes de seguir a Cristo el costo del discipulado, que una vez que ya decidimos seguirlo, darnos cuenta que ese llamado no era para nosotros y que finalmente no estamos tan dispuestos como pensamos.
    4. Dios tiene tiempos para cada cosa en nuestra vida. Oremos mucho para pedirle dirección y poder entender cuándo es tiempo de dar cada paso importante. Si nos apresuramos o nos retrasamos demasiado en tomar algunas decisiones, se podría interpretar como una falta de confianza en Dios y más confianza en nuestros juicios humanos.
    5. Aprendamos del valor de Jesús y de su plena confianza en Dios. Ni siquiera ante una amenaza clara de muerte se dejó intimidar para dejar de hacer lo que Dios quería que hiciera. Nosotros necesitamos crecer en esto también y mostrar valor y confianza en Dios cuando las circunstancias son adversas para hacer la voluntad de Dios.
    6. Cuando juzguemos a nuestros hermanos creyentes por alguna razón, recordemos algunos de los principios universales que Jesús nos enseñó en estos versículos: a) nunca juzgar por las apariencias sino asegurarnos de las cosas que parecen ser primero, b) fijarnos siempre en el corazón y no solo en la conducta. En cualquier asunto nos debe importar más la persona en sí que lo que haya hecho o dicho o las consecuencias que se tengan que enfrentar. La presencia del arrepentimiento genuino y la humildad siempre deben abrir la puerta a la gracia y las segundas o terceras oportunidades.
Los dejo con un fragmento de la película La Pasión con la escena de la mujer adúltera y Jesús en Juan 8.


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