Día 299

JEREMÍAS 13.1 – 15.21.

A veces los profetas tuvieron que hacer cosas extrañas que Dios les pedía, para ilustrar mejor el mensaje que les estaba encargando. Hoy estudiaremos una de esas ocasiones. El profeta Jeremías continuó recibiendo mensajes de Dios para el pueblo de Judá, que se acercaba a uno de los momentos más difíciles que vivió en su historia: el exilio a Babilonia.

En Jeremías 13.1-11 la Biblia nos describe una orden muy extraña que Dios le pidió a Jeremías: que se comprara un “calzoncillo de lino” (Jer 13.1), que lo usara, que no lo lavara (no dice por cuánto tiempo) y que después lo fuera a esconder en un agujero en las rocas. ¿Exactamente qué era un “calzoncillo de lino”? De acuerdo con el Nuevo Comentario Ilustrado de la Biblia, de Editorial Caribe, se refería a una especie de faldón pequeño o faja que usaban los hombres a manera de ropa interior. Dios le pidió que lo llevara al río Eúfrates, no a lavarlo, sino a esconderlo entre las rocas. El río Eúfrates estaba a más de 1,000 km., por lo que el viaje total le hubiera llevado 2 a 3 meses. Por eso los estudiosos piensan que más bien fue a un manantial cuyo nombre se traduce de forma parecida a Eúfrates y que estaba dentro de Palestina.

¿En dónde está el simbolismo aquí? Hay 2 cosas:

  1. El calzoncillo era la pieza de ropa más cercana al cuerpo humano en los hombres y además se ajustaba alrededor de la cintura. Dios mencionó una ilustración al respecto: “Tal como el calzoncillo se adhiere a la cintura del hombre, así he creado a Judá y a Israel para que se aferren a mí, dice el SEÑOR. Iban a ser mi pueblo, mi orgullo, mi gloria: un honor para mi nombre, pero no quisieron escucharme.” (Jer 13.11). Aquí podemos notar la intención original de Dios para tener un pueblo para Él: que se mantuvieran aferrados a Él, como lo confirman varias traducciones: “Porque como el cinto se junta a los lomos de un hombre, así hice juntarse conmigo a toda la casa de Israel y a toda la casa de Judá” (BTX), “así hice adherirse a Mí” (NBLH), “de igual modo hice apegarse a mí” (BJL). Dios quería que su pueblo estuviera aferrado, adherido y apegado a Él. Y así es hoy también con la iglesia, Dios quiere que estemos aferrados, adheridos y apegados a Él. ¡No espera menos que eso!
  2. Dios quería dejar un punto bien claro también: “9 «Así dice el SEÑOR: esto muestra cómo pudriré el orgullo de Judá y Jerusalén. 10 Esta gente malvada se niega a escucharme. Tercamente siguen sus propios deseos y rinden culto a otros dioses. Por lo tanto, se volverán como este calzoncillo, ¡no servirán para nada!” (Jer 13.9-10). Fue el orgullo de Judá y de Jerusalén lo que impidieron que Dios pudiera mantener su relación con ellos, ya que lo despreciaron y lo rechazaron. El calzoncillo podrido por no lavarlo y por los elementos representaba cómo Dios también pudriría el orgullo de su pueblo. La frase es fuerte, “pudrir” el orgullo, pero es exacta. Imaginemos ya que el pueblo orgulloso se encontraba en el exilio en Babilonia, pasando tantos sufrimientos como les esperaba, ¿mantendrían todavía su orgullo? Seguramente no, terminarían humillados. Por eso Él les decía, “Reconózcanlo antes de que él traiga oscuridad sobre ustedes” (Jer 13.16), intentó advertirles pero no lo tomaron en serio. No olvidemos que Dios tiene poder para pudrir nuestro orgullo cuando no queremos humillarnos ante Él, ¡y realmente lo hace!

Ahora, Dios no solamente tenía reservada la invasión militar como castigo para Judá, sino que además afectó los elementos naturales en la zona, como la lluvia. Jeremías 14 describe las terribles consecuencias de una sequía en la zona de Palestina: pozos secos y la gente sin tener agua, suelo reseco y agrietado, la agricultura afectada, y los animales sin comida. Todo esto es real, una sequía en esa parte del mundo trae consecuencias devastadoras, especialmente para la sociedad de la época cuya economía y subsistencia dependía en gran forma de las temporadas de lluvias.

¿Qué haría la gente al comenzar a recibir los efectos de la sequía? El versículo 7 de Jeremías 14 dice, “Le gente dice: «Nuestra maldad nos alcanzó, SEÑOR, pero ayúdanos por el honor de tu propia fama. Nos alejamos de ti y pecamos contra ti una y otra vez.” Aparentemente estaban recapacitando, pero no en la forma como Dios esperaba, como dice el versículo 10, “«A ustedes les encanta andar lejos de mí y no se han contenido. Por lo tanto no los aceptaré más como mi pueblo”. Definitivamente a Dios no le movió las pequeñas muestras de culpa que su pueblo estaba presentando. ¡Él les había pedido un cambio de corazón radical!, que nunca se dio.

De hecho, la decisión de Dios de castigar a Judá y a Jerusalén era tan fuerte que dijo, “«Aun si Moisés y Samuel se presentaran delante de mí para rogarme por este pueblo, no lo ayudaría. ¡Fuera con ellos! ¡Quítenlos de mi vista!” (Jer 15.1). Y recordemos que Moisés fue aquel de quien dice la Biblia, “Dios hablaba con Moisés cara a cara, como quien habla con un amigo” (Ex 33.11). Realmente Dios estaba determinado a no escuchar ninguna intercesión por su pueblo, lo abandonaría totalmente. Incluso menciona que ya todos tenían su destino marcado (Jer 15.2): algunos les tocaría muerte, otros guerra, otros hambre y otros cautiverio. ¡No había nada esperanzador en su futuro próximo! Y todavía Dios dijo que enviaría “cuatro clases de destructores “(Jer 15.3): espada, perros, buitres y animales salvajes. ¡Realmente era muy difícil lo que le esperaba a Judá! Dios les recordó la razón de semejante decisión: “Tú me has abandonado y me has dado la espalda —dice el SEÑOR—.” (Jer 15.6).

Por último, es importante mencionar que Jeremías continuaba su propia batalla interna con respecto a los mensajes que recibía de Dios y al rechazo que experimentaba por parte de la gente. El pasaje completo registra varias oraciones de queja como, “¿Por qué nos has herido sin la menor esperanza de recuperarnos?” (Jer 14.19), “¡Oh, si hubiera muerto al nacer! En todas partes me odian.” (Jer 15.10), “¿Por qué, entonces, continúa mi sufrimiento? ¿Por qué es incurable mi herida?” (Jer 15.18). En la mente del profeta no había congruencia entre lo que estaba sufriendo y la decisión que había tomado al inicio de su llamado profético: “Cuando descubrí tus palabras las devoré; son mi gozo y la delicia de mi corazón, porque yo llevo tu nombre, oh SEÑOR Dios de los Ejércitos Celestiales.” (Jer 15.16). Jeremías esperaba que todo fuera más dulce y gozoso, pero el trabajo que Dios le había pedido era más bien sufrido, sacrificado y doloroso. Al parecer, Jeremías se sentía desfallecer anímicamente debido a todas las circunstancias que hemos descrito, al grado que Dios le tuvo que decir: “—Si regresas a mí te restauraré para que puedas continuar sirviéndome.” (Jer 15.19), pero también le hizo una promesa: “—Yo cuidaré de ti, Jeremías; tus enemigos te pedirán que ruegues a su favor en tiempos de aflicción y angustia.” (Jer 15.11). Dios no dejaría solo a Jeremías, al contrario, prometió cuidarlo a lo largo de toda su misión. Solo le pedía que regresara a Él y se dejara guiar como lo había hecho al inicio.

Conclusiones:

  1. Dios planeó que aquellos que son llamados “su pueblo” se mantengan muy cerca de Él, todos los días, como una prenda de ropa con elástico que se adhiere a nuestro cuerpo. ¿Qué tanto estamos cumpliendo este propósito con nuestra vida devocional? ¿Nuestra oración lo refleja? ¿Nuestro estudio de las Escrituras lo demuestra? No nos convertimos en creyentes para andar sueltos y alejados de Dios.
  2. Dios tiene poder para quebrar y hacer que se pudra nuestro orgullo. Cuando permitimos que ese pecado nos domine, Dios nos manda advertencias para que paremos antes que sea tarde, pero si no hacemos caso, a su debido tiempo Él puede hacer que se pudra al grado que lo veamos como algo inútil y sin valor. ¡Cambiemos por las buenas! ¡Andemos humildes mejor!l ¿Para qué enfrentar la disciplina de Dios?
  3. En nuestra caminar de fe no siempre encontraremos pastos verdes y lindas flores, a veces las cosas se pondrán difíciles. Pero así como Dios le dijo a Jeremías, así también Jesús nos dijo a nosotros, sus discípulos: “Y tengan por seguro esto: que estoy con ustedes siempre, hasta el fin de los tiempos.” (Mt 28.20). ¡No nos desanimemos! Jesús está con nosotros en las buenas y en las malas también.

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