Día 300

JEREMÍAS 16.1 – 17.27.

En estos capítulos Jeremías revela varios aspectos muy importantes sobre Dios, específicamente en lo que Él más se fija y lo que más valora en los seres humanos: el corazón. Si lo vemos desde esa perspectiva, el castigo que se acercaba a Judá estaba más relacionado con el corazón que habían desarrollado hacia Dios que con el cumplimiento o no de rituales y sacrificios.

En Jeremías 16.1-12 encontramos más prohibiciones con un alto simbolismo que Dios le da a Jeremías: a) no casarse ni tener hijos en Judá (v. 2), b) no ir a los funerales para acompañar a alguien en su duelo (v. 5), c) no ir a las fiestas ni banquetes del pueblo ni confraternizar con ellos en un ambiente relajado (v. 8). Cuando la gente viera a un Jeremías serio, sobrio, alejado de celebraciones y de costumbres sociales, se extrañarían mucho y seguramente preguntarían, como dijo Dios, “»Cuando le digas todas estas cosas a la gente, ellos te preguntarán: “¿Por qué el Señor decretó cosas tan terribles contra nosotros? ¿Qué hemos hecho para merecer semejante trato? ¿Cuál es nuestro pecado contra el Señor nuestro Dios?”.” (Jer 16.10). Es decir, a través de las acciones o la falta de acciones que Dios le pedía a Jeremías se esperaba que la gente pensara y reflexionara al respecto.

Dios estaba intentando por todos los medios que se dieran cuenta de la gravedad de su condición y que por ellos mismos razonaran mejor las cosas. Sin embargo, Jeremías ya tenía lista la respuesta a las preguntas de la gente: ““Es porque sus antepasados me fueron infieles y rindieron culto a otros dioses y los sirvieron. Me abandonaron y no obedecieron mi palabra. 12 ¡Y ustedes son peores que sus antepasados! Se pusieron tercos y siguen sus propios malos deseos y rehúsan escucharme.” (Jer 16.11-12). El gran pecadoi de Judá era su orgullo y su terquedad al rehusarse a escuchar a los mensajeros de Dios que les pedían un cambio en su conducta para agradar a Dios. La sentencia para ellas ya estaba establecida, además de el sufrimiento físico y emocional que traería el exilio: “he retirado mi protección y mi paz de ellos; he quitado mi amor inagotable y mi misericordia” (Jer 16.5) y “Allí podrán rendir culto a ídolos día y noche, y ¡no les concederé ningún favor!”.” (Jer 16.13). Dios retiraría su relación con ellos y los dejaría solos con sus nuevas creencias en dioses hechos por los hombres, que naturalmente no les contestarían absolutamente nada de lo que les pidieran. ¡Tal vez así valorarían lo que habían menospreciado!

Es entonces que, dentro de este contexto donde Dios estaba juzgando el corazón de su pueblo, que aparece una de las más grandes lecciones en la Biblia acerca del corazón humano. Analizémosla por partes:

  1. La mirada de Dios. Jeremías 16.17 dice, “Los vigilo de cerca y veo cada pecado. No hay esperanza de que se escondan de mí.”, “Mis ojos están sobre todos sus caminos, no se me ocultan” (BTX), “Porque veo todas sus acciones; ninguna queda oculta para mí” (DHH-LA). La Biblia reafirma este hecho varias ocasiones tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, como en Hebreos 4.13 (DHH-LA): “Nada de lo que Dios ha creado puede esconderse de él; todo está claramente expuesto ante aquel a quien tenemos que rendir cuentas.” Aunque el ser humano piense que puede esconder sus acciones de la mirada de Dios, en realidad se está engañando a sí mismo porque es imposible escondernos de Dios.
  2. Los “malditos”. En Jeremías 17.5 encontramos una maldición de parte de Dios: “«Malditos son los que ponen su confianza en simples seres humanos, que se apoyan en la fuerza humana y apartan el corazón del SEÑOR.” Como ya lo habíamos mencionado anteriormente, la palabra “maldito”, de acuerdo con el Theological Wordbook of the Old Testament, de Moody Press, implica no solamente un concepto de castigo sino también es una prohibición de disfrutar de las bendiciones a las que hubiera tenido derecho la persona si se hubiera mantenido fiel. Es decir, es una restricción de no poder participar de las bondades a las que tenía derecho. Jeremías 17.4 lo confirma, “La herencia maravillosa que he reservado para ustedes se les escapará de las manos.”  Judá quedaría apartado de todo lo bueno que les había preparado Dios por causa de sus pecados.
  3. Confiar en el hombre. En el mismo Jeremías 17.5 encontramos lo siguiente en las demás traducciones:  “¡Maldito quien confía en el hombre y se apoya en un brazo de carne apartando su corazón de YHVH!” (BTX), “«¡Maldito el hombre que confía en el hombre! ¡Maldito el que se apoya en su propia fuerza y aparta su corazón del SEÑOR!” (NVI). Aunque en las traducciones en español lo entendemos como el hombre que confía en el hombre, en el hebreo original es diferente. El primer “hombre” de Jeremías 17.5 es, de acuerdo con el Dictionary of Biblical Languages with Semantic Domains: Hebreo (Old Testament), de Logos Research Systems Inc., es ?????? (g?·??r), que también puede ser traducido como “hombre fuerte”. Y el segundo “hombre” del mismo pasaje es ????? (??·??m), que también se traduce como “humanidad”. Podríamos decir entonces que el pasaje se refiere a las personas que se creen autosuficientes, fuertes, independientes y que no necesitan de Dios para dirigir sus vidas. Ellos confían exclusivamente en lo que sus recursos propios y los de otros miembros del género humano pueden ofrecer, nada más. Y precisamente por esa actitud en su corazón terminan apartándose de Dios y de su Palabra (Jer 17.5b). Fue justo lo que le pasó a Judá.
  4. Confiar en Dios. Jeremías 17.7 dice, “»Pero benditos son los que confían en el SEÑOR y han hecho que el SEÑOR sea su esperanza y confianza.” En este pasaje se nos presenta a las personas que están en el extremo opuesto de la balanza, es decir, los que decidieron que su fuerza, sus recursos, su seguridad y su confianza estarán en Dios, no en ellos mismos ni en otros seres humanos. ¡Totalmente lo contrario al otro grupo de personas! Obviamente estos individuos no se alejarán de Dios porque Él representa todo para ellos.
  5. La comparación tomada de la naturaleza. Dios utilizó dos ejemplos de la naturaleza para ilustrar su punto: “los arbustos raquíticos del desierto” (Jer 17.5j) por un lado, y los “árboles plantados junto a la ribera de un río” (Jer 17.7). Los primeros están expuestos al sol y al calor del desierto, por lo tanto están “sin esperanza para el futuro” y además condenados a vivir en “lugares desolados, en tierra despoblada y salada”. ¿Por qué “salada”? Se salaba la tierra para prevenir el crecimiento de vegetación. Así una persona que no confía en Dios sino en sí mismo tendrá una vida seca, vacía, nada atractiva e improductiva espiritualmente hablando. Ahora, el segundo árbol, plantado junto a la ribera del río, tiene raíces profundas (“que se hunden en las aguas”), no es afectado por el calor ni la sequía, y “Sus hojas están siempre verdes y nunca dejan de producir fruto”. ¿Qué imagen nos transmite entonces? Una persona que puede enfrentar las adversidades de la vida sin ansiedad ni temor porque tiene raíces profundas y porque está alimentada espiritualmente por Dios, cuya provisión es ilimitada. Su vida es estable y productiva, y siempre tiene la capacidad de renovarse y “producir fruto” una y otra vez. Nos recuerda a Juan 10.10 (NVI), “yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia.”
  6. La complejidad del corazón humano. En Jeremías 17.9 dice, “»El corazón humano es lo más engañoso que hay, y extremadamente perverso. ¿Quién realmente sabe qué tan malo es?” El v. 10 contesta, “yo, el SEÑOR, investigo todos los corazones y examino las intenciones secretas. A todos les doy la debida recompensa, según lo merecen sus acciones.” ¡Es tan difícil darnos cuenta a simple vista quién confía en Dios y quién confía en sí mismo! Sin embargo, Dios sí lo sabe, y precisamente a través de las pruebas que nuestro caminar de fe nos presenta Él nos ayuda para que nos demos cuenta nosotros mismos en dónde está puesta nuestra confianza. Muchas veces es a largo plazo cuando se ve quién realmente ha confiado en Dios y quién solamente lo decía de boca, pero en su corazón confiaba más en sus fuerzas, talentos, capacidades e intelecto humanos.
  7. La evidencia de la falta de confianza en Dios de Judá. Jeremías 17.19-27 nos muestra una evidencia clara que la desconfianza que Judá tenía a los mandatos de Dios, ya que al desobedecer el mandato de guardar el sábado y no hacer labor productiva ese día, ellos demostraban que al final confiaban más en sus pensamientos y en su forma de hacer las cosas para cubrir sus necesidades. Dios quería que no comerciaran ni trabajaran ese día, sino que lo consideraran sagrado y para Él, pero ellos no quisieron obedecer. Al final, todo lo que ellos querían proteger y prosperar por sus propios medios sería quemado por el fuego y de nada les serviría.

Enmedio de toda esta lección sorprendente sobre el corazón humano, Jeremías reafirmó varias veces su decisión de confiar en Dios aunque el resto de su pueblo no lo quisiera hacer: “SEÑOR, ¡tú eres mi fuerza y mi fortaleza, mi refugio en el día de aflicción!” (Jer 16.19), “Sólo tú eres mi esperanza en el día de la calamidad.” (Jer 17.17). A pesar de todo su dolor y sus emociones subiendo y bajando, Jeremías tomó la mejor decisión: confiar en Dios pase lo que pase, creerle y obedecerle. Justo lo que nosotros también necesitamos hacer si nos consideramos verdaderos creyentes en Cristo.

Conclusiones:

  1. Cuando menospreciamos las bendiciones que Dios nos ha permitido experimentar, cuando las rechazamos y no les damos su valor adecuado, un día Él puede alejarlas de nosotros por un tiempo, como a Judá, para ayudarnos a valorarlas de nuevo y entonces restaurarlas. ¿Qué tanto valoramos lo que Dios nos ha dado? ¿Qué tanto agradecemos las bendiciones que hoy disfrutamos y no solo estamos quejándonos por las que nos hacen falta?
  2. Recordemos la lección eterna y poderosa del árbusto en el desierto y del árbol plantado a orilla de un río. No nos permitamos perder nuestra confianza en Dios aunque las circunstancias estén muy duras. La recompensa de mantener la confianza en Él es muy grande, así como las consecuencias de perderla también son muy grandes. La decisión está en nuestras manos hoy.
  3. Nosotros como seres humanos difícilmente podemos juzgar con rectitud el corazón de nuestro prójimo, porque no somos Dios. Obviamente las acciones de las personas nos dicen mucho de lo que hay adentro, pero necesitamos profundizar siempre en los corazones, orando mucho, para que Dios nos ayude a ver lo que realmente está pasando. Tengamos cuidado de juzgar rápido el corazón de otro ser humano, porque solamente Dios sabe lo que hay dentro de esa persona.

Leave a Reply

You must be logged in to post a comment.