Día 313

EZEQUIEL 24.15 – 25.17, 29.1 – 16, 30.20 – 31.18; JEREMÍAS 34.1 – 22, JEREMÍAS 21.1 – 14.

Como hemos comentado antes, la vida de los profetas verdaderos de Dios en la Biblia estuvo marcada generalmente por el sufrimiento en diferentes formas. Era precisamente enmedio de dicho sufrimiento que ellos tenían que cumplir con la misión que Dios les había encargado. El rol del profeta no era agradable desde el punto de vista de comodidad y seguridad humanas. En los pasajes correspondientes a este estudio confirmaremos esta realidad una vez más en la vida en este caso de Ezequiel.

En Ezequiel 24.15-27 encontramos uno de los momentos más difíciles que vivió el profeta Ezequiel durante su llamado al ministerio profético: ¡la muerte de su esposa! De acuerdo con la narrativa, Dios le informó en el v. 16 a Ezequiel que su esposa moriría y le pidió que convirtiera su luto en toda una expresión simbólica para dejar un mensaje a los israelitas en el exilio. Aunque se puede explicar lo que pasó en unas cuantas palabras como lo acabamos de hacer, este pasaje nos plantea un fuerte problema teológico si es leído superficialmente: ¿mató Dios arbitrariamente a la esposa de Ezequiel sólo para ilustrar un mensaje a su pueblo? Siendo Él el Dios compasivo y amoroso, ¿por qué le arrebató su “tesoro más querido” (Ez 24.15) a su profeta? ¿Será un Dios egoísta e insensible que sólo piensa en lo que Él quiere y no en los sentimientos de sus propios siervos? ¿Será que sólo usa egoístamente a sus siervos fieles para sus propósitos personales y luego los desecha cuando ya no le sirven? Los críticos al judaísmo y al cristianismo pueden pensar en estos planteamientos y más. Sin embargo, revisemos los siguientes puntos:

  1. No hay ninguna evidencia bíblica de que Dios arrebató intencionalmente la vida de la esposa de Ezequiel. En ocasiones pasadas cuando Dios llegó a hacer eso, quedó claro en las Escrituras, como en 2º Samuel 12.13–14 (NVI), “13 —¡He pecado contra el Señor!—reconoció David ante Natán. – El Señor ha perdonado ya tu pecado, y no morirás—contestó Natán—. 14 Sin embargo, tu hijo sí morirá, pues con tus acciones has ofendido al Señor.” Más bien lo que nos encontramos en Ezequiel 24 es un aviso anticipado de algo que sucedería inevitablemente, hubiera sido Ezequiel profeta o no, era la muerte de su esposa. Recordemos que Dios tiene señalado nuestro tiempo de vida y sabe con exactitud cuándo dejaremos este mundo. La esposa de Ezequiel había llegado al final de sus días señalados, como dice Eclesiastés 8.8 (DHH-LA), “No hay quien tenga poder sobre la vida, como para retenerla, ni hay tampoco quien tenga poder sobre la muerte.” Así que no hay forma de acusar a Dios de una muerte arbitraria y caprichosa del ser humano que más amaba su siervo Ezequiel.
  2. El mensaje que Dios quería dejar a su pueblo. Lo que Dios le pidió a Ezequiel no fue que ni siquiera se doliera por la muerte de su amada esposa, sino que gimiera “en silencio” (Ez 24.17), que ni siquiera llorara por ella. De acuerdo con la Biblia de Estudio Apologética, en el antiguo Medio Oriente el luto por una pérdida era un rito público en el cual la familia incluso contrataba dolientes profesionales para llorar la pérdida de su amado. La intención de Dios es que cuando el pueblo observara que Ezequiel no estaba siguiendo las costumbres de la época para el duelo, le preguntaran por qué y de ahí partiría el mensaje de Dios. Sin embargo, esto de ninguna manera implica que Dios está lejos de sentir empatía con el sufrimiento humano. Jesús, siendo Dios hecho hombre, demostraría lo contrario, que Dios está mucho más cerca del dolor humano de lo que imaginamos, como dice Juan 11.33 (DHH-LA), “Jesús, al ver llorar a María y a los judíos que habían llegado con ella, se conmovió profundamente y se estremeció”. Así, el mensaje consistía en un anuncio de cómo los israelitas vivirían su duelo por tanta desolación que experimientaría Jerusalén: en silencio (Ez 24.23).

En cuanto a Ezequiel 25, nos presenta una serie de mensajes proféticos contra 4 naciones que serían arrasadas también por los ejércitos de Babilonia: Amón (Ez 25.1-6), Moab (Ez 25.8-11), Edom (Ez 25.12-14) y Filistea (Ez 25.15-17). Había 2 cosas en común entre el juicio que estas naciones enfrentarían: a) todas serían castigadas con “puño de juicio” (Ez 25.16), b) la razón principal sería por ofensas graves contra el pueblo de Dios en algún momento de su historia. Amón se burló del sufrimiento de Israel (Ez 25.3), Moab menospreció la santidad de Israel (Ez 25.8), Edom pecó en la forma en que se vengó de Judá (Ez 25.12) y Filistea agredieron a Judá “por amarga venganza y por desprecio acumulado” (Ez 25.15). Había llegado la hora a esas naciones para que rindieran cuentas ante Dios de sus pecados contra su pueblo y no se escaparían de las consecuencias.

Ahora, en Ezequiel 29.1-16 y 30.20 – 31.18 encontramos un mensaje profético contra el faraón de Egipto y contra todo su pueblo. Ezequiel registró la fecha en que recibió el mensaje inicial contra Egipto (“El 7 de enero, durante el décimo año de cautividad del rey Joaquín”, Ez 29.1). Recordemos que en Ezequiel 24.1 el profeta estaba recibiendo un mensaje de Dios sobre el inicio del sitio a Jerusalén el 15 de enero del noveno año de cautiverio del rey Joaquín. Aquí ya pasó casi un año de aquel día, es decir, ya Jerusalén llevaba un año de sitio cuando Dios reveló su mensaje contra Egipto. Hay varios aspectos con respecto a esta profecía:

  1. La posición de Dios como “enemigo” del faraón. El versículo 3 del capitulo 29 dice: “Yo soy tu enemigo, oh faraón, rey de Egipto”. Dios se estaba declarando como enemigo del faraón y por eso le tendría reservado varios tormentos muy difíciles (pasajes tomados del capitulo 29): “Te pondré garfios en las mandíbulas y te arrastraré hasta tierra firme… Quedarás sin sepultura tirado en campo abierto… enviaré un ejército contra tí…” Estas descripciones nos traen a la mente cómo sería tratado un enemigo en combate por el vencedor, de la misma manera Dios trataría a Egipto, ¡como un enemigo vencido!
  2. Las razones de Dios para esto. En el texto estudiado encontramos al menos 2 razones por las cuales Dios se declaró enemigo de Egipto: a) “Cuando Israel se apoyó en ti, te astillaste y te rompiste y te clavaste en su axila.” (Ez 29.7), b) “”Debido a que dijiste: ‘El Nilo es mío; yo lo hice’, 10 ahora soy enemigo tuyo y de tu río.” (Ez 29.9-10) y “como Egipto se volvió vanidoso y arrogante, y porque se puso tan por encima de los demás que su copa llegaba a las nubes” (Ez 31.10). Egipto le falló a Israel cuando éste último lo buscó para apoyarse y además Egipto demostró muchísima arrogancia al atribuírse a sí mismo obras de la naturaleza que sólo Dios creó. Es decir, traición y mucho orgullo. Es algo grave cuando el ser humano se da el crédito a sí mismo de cosas que le corresponden solo a Dios.
  3. El futuro de la nación egipcia. Diferentes versículos nos muestran qué tenía preparado Dios para Egipto: a) un período de 40 años de desolación (Ez 29.12), b) una restauración después de los 40 años (Ez 29.13), c) pero solamente serían un “reino menor y sin importancia” (Ez 29.14) sin recuperar nunca más la gloria de la antiguedad, d) el rey de Babilonia prevalecería sobre el rey de Egipto y su pueblo también sufriría exilio (Ez 30.20-26). Más adelante cuando estudiemos los hechos históricos de la invasión babilonia a Egipto podremos comprender esto con más detalle.

Finalmente, los capitulos correspondientes del libro de Jeremías nos muestran cómo Dios al mismo tiempo que había enviado un mensaje a Ezequiel en Babilonia acerca del sitio a Jerusalén, también envió un mensaje a Jeremías para dárselo al rey Sedequías, ya que el ataque de Nabucodonosor contra Judá había comenzado y cuando ya solamente quedaban en pie las ciudades de Jerusalén, Laquis y Azeca (Jer 34.7). Algunos puntos importantes:

  1. El mensaje consistía en aclararle al rey Sedequías lo que le esperaba: derrota ante Babilonia, incendio de la ciudad de Jerusalén, captura y exilio en Babilonia (Ez 34.4). Sin embargo, enmedio de tanta mala noticia para el rey, también encontramos una promesa que Dios le hace: “‘No te matarán en la guerra 5 sino que morirás en paz. La gente quemará incienso en tu memoria de la misma manera que lo hizo con tus antepasados, los reyes que te precedieron.” (Jer 34.4-5). ¿Sucedió así? No, en realidad no murió “en paz” como Dios le prometió, sino que presenció la ejecución de toda su familia, le sacaron los ojos y murió en una prisión de Babilonia (Jer 52.8-11). ¿Qué pasó aquí? ¿Dios le mintió al rey? ¿Le dio falsas esperanzas? No juzgemos tan rápido a Dios, recordemos que hay que leer el contexto de un pasaje para entenderlo mejor. Veremos más adelante en Jeremías 38.17 que esta promesa estaba condicionada a que Sedequías cumpliera su parte, que era rendirse ante el rey de Babilonia, pero como no cumplió entonces Dios tampoco cumplió.
  2. En Jeremías 34.8-22 el rey y el pueblo se arrepintieron de una violación que estaban cometiendo contra la Ley de Dios con respecto a los esclavos hebreos y decidieron liberarlos. Pero después se retractaron y decidieron volver a tomar a sus anteriores esclavos y someterlos. Dios reconoció que se habían arrepentido (v. 15) bajo juramento en el templo y los elogió por eso pero después condenó que hubieran dado pasos para atrás (que era en realidad una profanación de su nombre por haber fallado a un juramento ante Él).
  3. En Jeremías 21.1-14 encontramos una triste descripción del corazón humano expresado en este caso en el pueblo de Jerusalén. Ya que se encontraban sitiados por los babilonios, el rey Sedequías envió a unos emisarios reales a pedir al profeta Jeremías su intercesión con Dios para que mostrara misericordia, hiciera “un poderoso milagro como lo ha hecho en el pasado” (Jer 21.2) y retirara a los ejércitos de Nabucodonosor. Tal vez tenían en mente aquel episodio famoso del sitio de Jerusalén por el rey asirio Senaquerib y cómo Dios ayudó al rey Ezequías de forma milagrosa y terminó con el ejército invasor asirio (2 Reyes 19). ¿Les hizo caso Dios? ¡Para nada! Más bien les dijo, “Yo mismo pelearé contra ti con mano fuerte y brazo poderoso porque estoy muy enojado. ¡Me has puesto furioso!” (Jer 21.5). Además les llamó al arrepentimiento, “‘¡Hagan justicia cada mañana al pueblo que ustedes juzgan! Ayuden a los que han sufrido robos, rescátenlos de sus opresores.” (Jer 21.12). ¿Por qué Dios no respondió a su petición de ayuda? Pues porque el caso de Ezequías era muy diferente al de Sedequías. El primero buscó a Dios de corazón y trató de agradarle de manera continua, mientras que el segundo se caracterizó por su orgullo y su rebeldía contra Dios y contra su Palabra. En el primer caso también el pueblo de Judá siguió a su líder Ezequías en restaurar el culto a Dios y serle fiel, y en el segundo caso el pueblo también siguió a su rey Sedequías en su infidelidad y rebelión. Dios no es una “máquina de hacer milagros” donde solamente basta pedirle algo para que esté a nuestra disposición, sin importar si estamos viviendo de una forma agradable a Él o no. ¡Así no funcionan las cosas con Él!

Conclusiones:

  1. Aunque a lo largo de nuestra vida tengamos que experimentar grandes pérdidas, fuertes dolores y mucho sufrimiento, recordemos que nuestro Dios no es ajeno a todo eso. Él siempre está ahí para consolarnos y ayudarnos a sobreponernos al dolor e incluso sacar algo bueno de lo malo. Lo que no podemos evitar es sufrir, ya que es inherente a nuestra condición humana. Ya lo dijo Jesús en Juan 16.33 (DHH-LA), “Les digo todo esto para que encuentren paz en su unión conmigo. En el mundo, ustedes habrán de sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo.”
  2. Dios pedirá cuentas tarde o temprano de aquellos que lastiman y agreden a su pueblo en todas las generaciones, ¡ninguno de ellos se quedará sin recibir su merecido! Él sabe los tiempos y las formas pero es un hecho que Dios es un Dios celoso y que ama profundamente a su pueblo y venga cualquier agresión grave que éste sufra, como dice en Romanos 12.19 (NVI), “No tomen venganza, hermanos míos, sino dejen el castigo en las manos de Dios, porque está escrito: «Mía es la venganza; yo pagaré», dice el Señor.”
  3. Es algo muy grave que Dios se declare enemigo de una persona o un grupo de personas. Ser tratado por Dios como un enemigo suyo es algo que no queremos para nosotros ni para nadie. Y sin embaro, eso fuimos todos antes de ser creyentes (Ro 1.30) y además podemos regresar a serlo si descuidamos nuestra santidad (Stg 4.4).
  4. No olvidemos que aunque la Biblia está llena de promesas para todos aquellos que decidan volverse a Dios y buscarlo, también esas promesas no son de carácter obligatorio para Dios. Es decir, no solamente porque en un tiempo en nuestra vida buscamos a Dios ya es un hecho que recibiremos todas, sin importar si seguimos fieles a Él o no. Muchas son condicionales y debemos estudiar las Escrituras a detalle para descubrir las condiciones precisas que Dios pide para que Él pueda derramar sus bendiciones. Dios no es una “máquina de hacer milagros y cumplir sueños personales”.

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