Día 390

JUAN 18.1-2, MARCOS 14.32-42, MATEO 26.36-46, LUCAS 22.39-46, MARCOS 14.43-52, MATEO 26.47-56, LUCAS 22.47-53, JUAN 18.3-11.

Después de la última cena y del discurso de Jesús tanto en la cena como en el camino al monte de los Olivos, vino desafortunadamente el arresto de Jesús, mientras se encontraba en el huerto de Getsemaní. Gracias a la perspectiva que nos proporcionan los 4 evangelios, podemos tener una imagen más o menos completa de lo que sucedió aquella noche.
Para comenzar, los 4 evangelios nos dicen que Jesús se dirigió a un lugar llamado “Getsemaní” (Mr 14.32), al que para llegar era necesario cruzar el arroyo de Cedrón (Jn 18.2). De acuerdo con el Gran Diccionario Enciclopédico de la Biblia, de editorial CLIE, este lugar era un jardín ubicado en el monte de los Olivos (frente a la ciudad de Jerusalén). Principalmente contenía árboles de olivo, de los cuales todavía quedan algunos que tienen varios cientos de años. Sin embargo, se cree que no pueden ser los mismos que en tiempos de Jesús, ya que la historia registra que el general romano Tito ordenó talar todos los árboles cercanos a Jerusalén en el 70 d.C. durante el sitio que puso a la ciudad. Sin embargo, los árboles que se conservan hasta el día de hoy sí son muy antiguos, posteriores a la caída de Jerusalén.
Veamos este video con una breve explicación sobre el jardín y su importancia.

Los 3 evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) registran que al llegar al jardín, Jesús le avisó a todos lo siguiente, “«Siéntense aquí mientras voy más allá a orar.»” (Mt 26.36) y se llevó a 3 de sus apóstoles con él (Pedro, Juan y Jacobo o Santiago). Una vez que dejó al primer grupo de discípulos en un lugar, llegó a otro lugar a donde también le pidió a esos 3 discípulos que se llevó que se quedaran despiertos con él y permanecieran ahí, mientras él oraba (Mt 26.38), encargándoles además, “«Oren para que no caigan en tentación.» (Lc 22.40). De ahí, “se separó de ellos a una buena distancia, se arrodilló y empezó a orar” (Lc 22.41). Así que tenemos 2 grupos de discípulos sentados esa noche, separados una distancia, y a Jesús orando solo a una distancia del segundo grupo “como a un tiro de piedra” (Lc 22.41, BTX). Esa podemos decir que fue la configuración de la noche en que Jesús oró antes de ser arrestado. Jesús quería orar, pero no quería orar solo, necesitaba que sus amigos lo apoyaran orando por él a cierta distancia mientras él mismo buscaba a su Padre. ¿De qué nos habla esto? Precisamente de las emociones que Jesús estaba sintiendo, que eran tan fuertes, que se sintió débil y necesitado tanto de orar como de que alguien más orara por él.
Antes de irse a orar, Jesús comenzó a expresar a los 3 discípulos que se llevó una serie de emociones que estaba experimentando en ese justo momento: “comenzó a sentirse triste y angustiado. 38 «Es tal la angustia que me invade, que me siento morir—les dijo” (Mt 26.37-38),  “comenzó a sentir temor y tristeza.” (Mr 14.33). Jesús tuvo la vulnerabilidad para expresar abiertamente su realidad a sus discípulos y además quería que ellos lo supieran y lo apoyaran orando. Nunca fue la intención de Jesús guardar las apariencias mientras transmitía una imagen de alguien fuerte e inconmovible mientras que la realidad era que por dentro se estaba derrumbando. Cuando el temor y la tristeza profunda nos invadan por alguna situación que estamos enfrentando, ¡recordemos que Jesús ya pasó por ahí! Él sabe lo que se siente y nos puede comprender.
Ahora, en cuanto a la oración de Jesús esa noche, primero veamos la postura física que adoptó al orar: “se postró en tierra y empezó a orar” (Mr 14.35), “se arrodilló y empezó a orar” (Lc 22.41). Apenas en Juan 17.1 Jesús “dirigió la mirada al cielo y oró así”, pero ahora su misma necesidad lo llevó a arrodillarse hasta tocar el suelo con la frente y orar en esa posición. El Nuevo Testamento registra varias oraciones que creyentes hicieron en esta misma postura: Esteban intercediendo por sus agresores que lo estaban matando a pedradas (Hch 7.60), Pedro intentado resucitar a una creyente muerta (Hch 9.40), y varios cristianos tristes orando por la partida de Pablo (Hch 21.5). La postura de orar arrodillados con la frente hasta el suelo siempre representa una gran necesidad personal que traemos cargando y que llevamos humildemente ante el trono de nuestro Dios para que Él se haga cargo. En esta vida las personas normalmente no se arrodillan ante nadie, pero como Dios mismo ha dicho, “He jurado por mí mismo, con integridad he pronunciado una palabra irrevocable: Ante mí se doblará toda rodilla, y por mí jurará toda lengua.” (Is 45.23). Un día, todos doblaremos la rodilla ante nuestro Dios, en el juicio final. Mejor doblémosla ahora que estamos vivos e imitemos la oración de Jesús todos los días.
¿Qué fue lo que oró exactamente Jesús? La Biblia dice en los diferentes evangelios: “«Padre mío, si es posible, no me hagas beber este trago amargo. Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.»” (Mt 26.39) y “«Abba, Padre, todo es posible para ti. No me hagas beber este trago amargo, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.»” (Mr 14.36). ¿Qué estaba pasando aquí? Jesús estaba tratando de evitar su tormento, rogándole a Dios que si fuera posible no tuviera que pasar por ese camino. Es decir, le estaba pidiendo a Dios que cambiara el plan y que mejor le presentara otro camino más fácil. Tres sentimientos lo estaban dominando (el miedo, la tristeza y la angustia), al grado de pedirle a Dios un cambio de rumbo. Hasta aquí todo parece bastante humano, es lo mismo que nosotros haríamos (o tal vez ya hubiéramos corrido incluso para salvarnos), pero la diferencia que hizo Jesús esa noche fue la segunda parte de la oración, “Pero que no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú” (Mt 26.39). Jesús en la misma oración estaba expresando su sometimiento a Dios por encima de sus sentimientos y emociones personales. Aunque su lado humano estaba temblando de miedo, nunca estuvo en duda su obediencia a su Padre, ya que él estaba resuelto a poner primero la voluntad de Dios antes que la suya. Es decir, Jesús fue congruente con aquel modelo de oración que él mismo enseñó a sus discípulos en Mateo 6.10, “Hágase tu voluntad en la tierra, así como se hace en el cielo.” (DHH-LA). Esa noche en el jardín de Getsemaní, Jesús modeló a la perfección esa enseñanza.
Un pasaje controversial que aparece en este relato es Lucas 22.43-44: “43 Entonces se le apareció un ángel del cielo para fortalecerlo. 44 Pero, como estaba angustiado, se puso a orar con más fervor, y su sudor era como gotas de sangre que caían a tierra.” De acuerdo con el Holman New Testament Commentary: Luke, de Broadman & Holman Publishers, estos versículos están ausentes de los mejores manuscritos griegos antiguos disponibles y pueden reflejar la interpretación personal de algún escriba que realizó la copia de Lucas. Sin embargo, el texto no está tan lejos de la realidad por 2 razones:
  1. La presencia de ángeles dentro del evangelio de Lucas ya había sido registrada en diferentes ocasiones. No causaría ninguna extrañeza que Dios hubiera enviado realmente un ángel para apoyar a Jesús esa noche, la más importante de su vida en la tierra.
  2. Lucas, al ser un médico, pudo haber registrado un detalle que otros evangelistas no captaron: “como estaba angustiado, se puso a orar con más fervor, y su sudor era como gotas de sangre que caían a tierra.” Tal vez cuando Lucas escuchó el relato original que le contaron, le llamó mucho la atención este asunto (por su formación médica). Lucas nunca dijo que Jesús sudó sangre, sino que su sudor era como gotas de sangre. Es decir, Jesús estaba tan emocionalmente involucrado en su oración que comenzó a sudar profusamente y las gotas de su sudor eran tan densas y pesadas que se parecía a cuando una herida sangra gota a gota. No era un sudor “normal” resultado de hacer ejercicio físico, era diferente. Esto nos muestra que ese tiempo de oración de Jesús fue extremadamente intenso y realmente estaba sufriendo mientras oraba.
Cuando Jesús terminó su primer bloque de oración (fueron varios), los evangelios registran que “volvió a sus discípulos y los encontró dormidos.” (Mr 14.37), y les reclamó, “«¿No pudieron mantenerse despiertos conmigo ni una hora?” (Mt 26.40). Aquí nos queda claro que Jesús oró “una hora” al menos esa primera vez. Y después les pidió, “Estén alerta y oren para que no caigan en tentación. El espíritu está dispuesto, pero el cuerpo es débil.»” (Mt 26.41). Los evangelios registran que Jesús regresó a orar una segunda (Mt 26.42) y una tercera vez (Mt 26.44), y de acuerdo al mismo evangelio de Mateo, ¡las 3 veces fue a pedirle a Dios lo mismo! De este pasaje podemos mencionar lo siguiente:
  1. No podemos asegurarlo, pero es posible que Jesús dedicó al menos unas 3 horas para orar esa noche, ¡o incluso más! Era tanta su necesidad espiritual y emocional que lo que más quería era estar con su Padre en oración y rogarle por el momento que se acercaba.
  2. El hecho que la Biblia registre que las 3 veces fuera a orar lo mismo nos muestra que Jesús estaba librando una auténtica batalla espiritual esa noche, entre lo que su naturaleza humana le pedía (evitar el sufrimiento) y lo que la era la voluntad de Dios (que muriera en la cruz). ¡No fue fácil para Jesús!
  3. En cuanto a los discípulos, si leemos Mateo 26.45 (“¿Siguen ustedes durmiendo y descansando?”), podemos creer que los apóstoles estaban completamente desconectados de la situación emocional que estaba experimentando su Maestro y que prefirieron entregarse al descanso indiferente mientras Jesús estaba sufriendo solo. Sin embargo, Lucas 22.45 dice, “Cuando terminó de orar y volvió a los discípulos, los encontró dormidos, agotados por la tristeza.”, “los halló durmiendo a causa de la tristeza” (RVR95). Esto quiere decir que los apóstoles no estaban desconectados emocionalmente de Jesús, más bien que estaban tan tristes que se entregaron a una especie de depresión y se durmieron de tanta tristeza. ¿Has experimentado esto alguna vez? ¿Que estás tan triste que lo que más quieres es dormir? ¡Eso fue lo que les pasó! Lo impactante aquí es lo que Jesús les dice llegando de orar por tercera vez: “«¿Por qué están durmiendo?—les exhortó—. Levántense y oren para que no caigan en tentación.»” (Lc 22.46). En otras palabras, Jesús les dijo que la tristeza no se enfrentaba con sueño, ¡sino con oración ferviente! Una tremenda lección para la tan común depresión que enfrentamos en nuestra sociedad moderna.
  4. También nos damos cuenta aquí que los apóstoles no estaban preparados espiritualmente para lo que venía: el arresto, el juicio y la crucifixión de su Maestro. Si sus mentes no decidieron orar ante tanta tristeza, aún cuando Jesús se los pidió, es porque estaban manejando toda la situación con sus limitados recursos humanos y no buscando depender de Dios. Más adelante aprenderían esta valiosa lección, pero definitivamente en ese momento no estaban preparados para enfrentar las situaciones próximas.
Ahora, veamos varios aspectos acerca del arresto de Jesús (Marcos 14.32-52, Mateo 26.47-56, Lucas 22.47-53, Juan 18.3-11):
  1. Juan 18.3 dice, “Así que Judas llegó al huerto, a la cabeza de un destacamento de soldados y guardias de los jefes de los sacerdotes y de los fariseos.” Al decir esto, ¿se refería a soldados romanos o a judíos armados? ¿Quiénes eran esos hombres?  Juan menciona primero a un “destacamento de soldados”. La palabra griega para este término es, de acuerdo con el Diccionario Strong de Palabras Originales del Antiguo y Nuevo Testamentos, de Editorial Caribe, la palabra σπεῖρα (speíra), que literalmente se refería a una “cohorte”, un término militar que designaba normalmente a un grupo de 600 soldados romanos con su comandante. Juan también mencionó a los “guardes de los jefes de los sacerdotes y de los fariseos”. De acuerdo con el The Exegetical Dictionary of the New Testament, de Wm. B. Eerdmans Publishing Company, la palabra griega para ese término es ὑπηρέτης (hypēretēs), que significa “sirviente”. Es decir, estamos hablando de la policía del templo que los romanos permitían que existiera para que se mantuviera el orden interno del recinto religioso, al cual los romanos no entraban por las prohibiciones mosáicas sobre los extranjeros. Todo esto nos muestra que el grupo que fue a arrestar a Jesús era una combinación de tropas romanas y de policía local judía. Además todos iban bien equipados con “antorchas, lámparas y armas” (Jn 18.3). Aunque es probable que no se completara ese número exacto de romanos (600), más bien Juan se refería solamente a que un grupo de romanos estaba presente esa noche también, tal vez para garantizar la tranquilidad social ante semejante arresto.
  2. La actitud de Judas queda expuesta en varios evangelios: a) planeó entregar a Jesús con un beso como señal para que los captores lo identificaran (Mr 14.44), b) lo ejecutó de esa manera (Lc 22.47-48), d) cuando entregó a Jesús, éste lo confrontó primero diciéndole “Amigo” (Mt 26.50) y luego exponiendo su pecado así, “¿con un beso traicionas al Hijo del hombre?” (Lc 22.48). Judas llegó fríamente a ejecutar su plan sin remordimientos y sin inseguridad. Al parecer, estaba convencido de lo que estaba haciendo, al menos hasta este momento.
  3. Recordemos el estado emocional de los discípulos que estaban con Jesús esa noche: tristeza profunda y confusión. Y recordemos también cómo manejaron esas emociones: ¡durmiendo! Era de esperarse que cuando llegó el momento del arresto, la reacción de ellos fue bastante humana: “—Señor, ¿atacamos con la espada?” (Lc 22.49), y no solo preguntaron sino que Pedro sacó su espada y le cortó la oreja a uno de los guardianos del templo llamado Malco (Jn 18.10). Jesús mismo lo reprendió por esto, “—Guarda tu espada—le dijo Jesús—, porque los que a hierro matan, a hierro mueren.” (Mt 26.52). Jesús, por el contrario, se mantuvo tranquilo, calmó a sus discípulos e incluso sanó la herida del siervo que Pedro lastimó (Lc 22.51). ¿Quién de todos ellos reaccionó espiritualmente ante el momento? Solo Jesús. ¿Cuál fue la diferencia? Obviamente que era el Hijo de Dios, pero también que estuvo varias horas orando, preparándose para esto; mientras que sus discípulos más bien se entregaron a la tristeza y durmieron. ¡Los resultados son muy diferentes en situaciones difíciles si nos preparamos en oración o si no nos preparamos!
  4. Jesús dijo en Mateo 26.53-54, “53 ¿Crees que no puedo acudir a mi Padre, y al instante pondría a mi disposición más de doce batallones de ángeles? 54 Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras que dicen que así tiene que suceder?”, “¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles?” (BJL). De acuerdo con el IVP Bible Background Commentary: New Testament, de InterVarsity Press, las legiones romanas estaban compuestas de 6,000 soldados aproximadamente. Entonces, hablando en términos militares romanos, Jesús estaba afirmando que podría pedirle a Dios un total de 72,000 ángeles para que bajaran a auxiliarlo. Si en la Biblia un solo ángel era capaz de acabar con muchos hombres y ciudades enteras, ¿cuánto poder destructivo tendrían 72,000 ángeles? ¡Suficiente para terminar con todo gobierno romano en el mundo antiguo! Pero Jesús no quiso hacer eso, prefirió seguir el camino que su Padre le señaló y hacer las cosas como Dios quiso, no como él quisiera que fueran. A veces las personas se preguntan por qué razón Jesús no utilizó su poder sobrenatural para librarse él solo esa noche de su arresto. En este pasaje él mismo lo aclarara: porque su prioridad era asegurarse que todo lo que estaba escrito sobre él se cumpliera a la perfección.
  5. Para terminar, los evangelios registran el triste evento que ya Jesús había anunciado: “Entonces todos lo abandonaron y huyeron.” (Mr 14.50). El camino que recorrieron los apóstoles para enfrentar el sufrimiento de su Maestro se puede resumir en los siguientes pasos: a) confusión, b) tristeza profunda, c) depresión, d) dormir (falta de oración), e) reacción violenta, f) huír. Es decir, una serie de reacciones totalmente humanas. Todavía había mucho que trabajar en sus corazones para que después llegaran a ser quienes fueron.

Conclusiones:

    1. Aprendamos la lección del jardín de Getsemaní: cuando nos lleguen las pruebas, tristezas y situaciones difíciles a nuestra vida, no nos entregemos a la tristeza y a la depresión, no tratemos de escapar de la realidad durmiendo más de lo necesario como si despertando mágicamente todas las cosas hubieran cambiado. Más bien hagamos lo que Jesús les instruyó a los apóstoles: orar para no caer en tentación. Los cristianos normalmente tenemos buena disposición de hacer la voluntad de Dios, ¡pero somos muy débiles! Sin oración, todas nuestras buenas intenciones no sirven para el momento de la prueba y de las tentaciones.
    2. Seamos abiertos y vulnerables con Dios pero también con otros compañeros de batalla espiritual. Valoremos y fomentemos el discipulado en nuestra vida. Todos necesitamos amigos cercanos que nos apoyen con oración y con consejos en momentos difíciles, pero también todos necesitamos vidas de oración poderosas que nos preparen para nuestros momentos más difíciles en la vida.
    3. Aprendamos de la oración de Jesús esa noche: expuso cómo él se sentía y cómo quería que fueran las cosas, pero decidió someterse a la voluntad de Dios al final. No fue caprichoso con Dios. ¿Esto nos caracteriza en nuestra vida de oración especialmente cuando pedimos por que las cosas sean como nosotros queremos y no como están pasando? ¿O nos comportamos como niños, reclamamos a Dios y nos enojamos con Él? Jesús supo aceptar cuando Dios le dijo “-No” a sus ruegos. ¿Lo hacemos nosotros?
    4. Las peores reacciones nuestras y los errores más graves se pueden evitar muy bien cuando sembramos vidas de oración constante y fervorosa. Aunque no lo vemos, y aunque eventualmente nos podemos cansar de la “rutina” de orar diario intensamente, no sabemos para cuál prueba futura nos está preparando esa oración. Solo nos daremos cuenta hasta que las pruebas lleguen, ahí sabremos si estábamos preparados o no.
    5. A veces las personas se preguntan por qué razón Jesús no utilizó su poder sobrenatural para librarse él solo esa noche de su arresto. En este pasaje él mismo lo aclarara: porque su prioridad era asegurarse que todo lo que estaba escrito sobre él se cumpliera a la perfección. Aprendamos también de su actitud, no busquemos atajos ni salidas fáciles a los problemas, mejor enfrentémoslos como Dios quiere.
    6. Finalmente, apreciemos mucho el esfuerzo de Jesús aquella noche en Getsemaní. Podríamos decir que fue la noche más importante de la humanidad, porque el Hijo de Dios se estaba debatiendo entre seguir la voluntad de Dios y morir por nosotros de una forma terrible, o salvarse a sí mismo y regresar al cielo sin cumplir su misión. En verdad, el futuro de toda la humanidad dependía de esa noche. Si el cristianismo no se hubiera expandido como lo hizo en el primer siglo, el mundo que hoy conocemos sería muy diferente, y no para algo mejor, sino para algo peor.
Los dejo con la escena del arresto de Jesús y su oración previa en Getsemaní, con imágenes de la película The Passion of the Christ.


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