Día 317

INTRODUCCIÓN AL LIBRO DE LAMENTACIONES.

De acuerdo con la cronología proporcionada por Gleason Archer en su libro A Survey of Old Testament Introduction, el rango de fechas en el que se cree fue escrito está entre el 700 y el 501 a.C. Forzosamente tuvo que ser escrito poco tiempo después de la caída de Jerusalén, que sucedió en el año 586 a.C. Otros datos importantes para entender el contexto de este libro nos los proporciona la Baker Encyclopedia of the Bible, de Baker Book House:

  1. El libro se compone de 5 poemas que constituyen un canto de lamentación por Jerusalén. Están agrupados de la siguiente manera: primero (1.1-22), segundo (2.1-22), tercero (3.1-66), cuarto (4.1-22) y quinto (5.1-22). Cada poema tiene un patrón simétrico distinto (por ejemplo, algunos son acrósticos y otros no). No se sabe el porqué una estructura tan compleja pero se cree que tal vez era para ayudar a la memorización.
  2. En cuanto al autor se ha atribuído el libro tradicionalmente al profeta Jeremías (tanto la Vulgata Latina como la LXX – Septuaginta lo confirman). Sin embargo, no está libre de controversias en cuanto al autor debido principalmente a la gran diferencia en estilos literarios entre Lamentaciones y Jeremías. Sin embargo, esa diferencia no es motivo para dudar de la autoría de Jeremías, ya que 2 Crónicas 35.25 afirma que el profeta escribió también un canto fúnebre para el rey Josías, así que también era capaz de utilizar otros estilos literarios diferentes a la narrativa y la profecía.
  3. Las descripciones tan vívidas del sufrimiento de los habitantes de Jerusalén fortalecen la idea de que un testigo ocular fue el autor del libro. Jeremías es un candidato perfecto ya que él estuvo en la ciudad durante todo el sitio y la conquista y se quedó después a vivir en Judea.
  4. En cuanto al propósito para escribir el libro, hay que comprender primero que no contiene solo lamentaciones, sino también esperanza y consuelo también. Se cree que el objetivo del libro es proporcionar una razón teológica para todo el sufrimiento que el pueblo de Dios estaba experimentando.
  5. Aunque es un libro que normalmente los cristianos no toman mucho en cuenta, en realidad contiene un poderoso mensaje de cómo es que bendiciones pueden llegar después de las tragedias y también del poder destructivo que tiene el pecado. ¡Tomémoslo más en serio en nuestra vida!

LAMENTACIONES 1.1 – 2.22.

Veamos los puntos más importantes de estos capítulos:

  1. El contraste entre el antes y el después de la destrucción. El autor recuerda las imágenes de la Jerusalén anterior a la invasión babilónica (“antes colmada de gente… fue grande entre las naciones… era reina de toda la tierra… la bella Jerusalén… su antiguo esplendor… “) y las contrasta con las imágenes de la Jerusalén conquistada (“ahora está desierta… ahora queda sola como viuda… ahora es una esclava… toda la noche solloza… Los caminos a Jerusalén están de luto… ha sido despojada de toda su majestad”). Era claro que hubo un antes y un después del juicio de Dios.
  2. Las razones de Dios para permitir tal sufrimiento. Varios versículos repiten una y otra vez por qué Dios permitió tanto dolor: “el Señor castigó a Jerusalén por sus muchos pecados” (Lm 1.5), “Jerusalén ha pecado grandemente, por eso fue desechada como trapo sucio” (Lm 1.8), “Se deshonró a sí misma con inmoralidad y no pensó en su futuro” (Lm 1.9). Dios no actuó arbitrariamente contra su pueblo, ¡ellos actuaron contra sí mismos! Las mismas consecuencias de sus pecados los alcanzaron y sufrieron grandmente por ello. Tal como dice el v. 9, Jerusalén no pensó en su futuro, sólo pensó en disfrutar el momento y no le importó lo que Dios pensara o sintiera con respecto a sus decisiones. Lamentablemente millones de personas viven de la misma manera hoy, sin pensar en su futuro espiritual y siendo indiferentes a la voluntad de Dios en sus vidas. Tarde o temprano las consecuencias de sus pecados los alcanzarán, como alcanzaron a Jerusalén.
  3. La realidad del hambre que tuvieron que enfrentar. Pasajes como “Su pueblo gime en busca de pan;  vendieron sus tesoros para comprar comida y mantenerse con vida.” (Lm 1.11) y “Mis sacerdotes y mis líderes murieron de hambre en la ciudad, mientras buscaban comida para salvar sus vidas.” (Lm 1.19) nos muestran un poco del terrible escenario de la hambruna que hubo en la ciudad durante el sitio. Llegó el momento en que personas tenían más plata y oro que comida porque ya no había nada que comer. ¡De nada les servían sus riquezas! Ahí es donde se dieron cuenta de lo vano de las riquezas que ellos con tanto esfuerzo habían perseguido durante toda sus vidas. El materialismo no sirvió de nada durante el sitio de Jerusalén. No solo los adultos estaban sufriendo, sino también los niños y los bebés, quienes “desfallecen y mueren en las calles” (Lm 2.11).
  4. La reflexión que hacen los habitantes de Jerusalén. El autor del libro escribió en primera persona pero representando la voz de Jerusalén (Lamentaciones 1.18) y entre otras cosas dijo, “»¡SEÑOR, mira mi angustia! Mi corazón está quebrantado y mi alma desespera porque me rebelé contra ti.” (Lm 1.20), “Mira, Jehová, que estoy atribulada, que mis entrañas hierven; mi corazón se trastorna dentro de mí, porque me he rebelado en gran manera.” (RVR95). Pareciera como si la gente de la ciudad realmente estuviera meditando en sus vidas y reconociendo finalmente su terrible estado espiritual de rebelión contra Dios. Parece que finalmente bajo condiciones extremas (angustia, quebrantamiento, desesperanza, sufrimiento físico) es cuando alcanzaron a entender qué habían hecho con su fe en Dios. Qué triste que tuvieran que llegar a experimentar todas esas cosas para poder entender su necesidad de Dios.
  5. Cuando el enojo de Dios se desata. A lo largo del capítulo 2 encontramos diferentes referencias a la fuerza con la que el enojo de Dios cayó sobre Jerusalén: “el Señor no mostró misericordia ni siquiera con su templo… derribó las murallas protectoras… Toda la fuerza de Israel desaparece ante su ira feroz… Su furia se derrama como fuego sobre la bella Jerusalén.” (Lm 2.1-4). La Biblia no enseña que Dios nunca se enoja, más bie dice en Éxodo 34.6 (NVI), “—El Señor, el Señor, Dios clemente y compasivo, lento para la ira y grande en amor y fidelidad”. Dios es lento para la ira, pero sí puede desatarse su ira después de un tiempo de mucha paciencia. Dios fue muy paciente con su pueblo, tanto con Samaria como con Judá, pero no quisieron escucharlo. Su paciencia tuvo un límite y entonces fue cuando se desató su ira, la cual arrasó a la población sin misericordia. ¡Parece algo contrastante! Dios es amor pero también es “un fuego que todo lo consume” (Dt 4.24, DHH-LA). Tenemos que conocer mejor a Dios y aceptar que también tiene un lado que da temor, esto es cuando su ira se desata.
  6. El cumplimiento de las profecías. Lamentaciones 2.17 dice, “Sin embargo, es el SEÑOR quien hizo justo lo que se había propuesto; cumplió las promesas de calamidad que hizo hace mucho tiempo.” Nada de lo que sucedió fue completamente inesperado, ¡todo estaba anunciado ya! Pero el problema es que el pueblo nunca quiso escuchar a los profetas que Dios envió. ¡Cuánto sufrimiento se hubieran ahorrado si hubieran escuchado a esos hombres!
  7. El llamado a buscar a Dios enmedio del sufrimiento. En Lamentaciones 2.19 encontramos un llamado directo a los sobrevivientes a que clamaran a Dios desahogando su corazón ante Él, levantando sus manos en oración. Otras traducciones dicen, “Derrama como agua tu corazón en presencia de Adonay” (BTX), “Deja correr el llanto de tu corazón como ofrenda derramada ante el Señor” (NVI), “vacía tu corazón delante del Señor” (DHH-LA). Es justamente durante nuestros peores momentos de sufrimiento que necesitamos literalmente vaciar nuestro corazón ante Dios y derramar ante Él todos nuestros sentimientos, frustraciones, dolores, temores, inseguridades y más. Que nuestro llanto ante Él sea una ofrenda sincera derramada ante su presencia. Es ahí, cuando más vulnerables somos, que Dios nos fortalece internamente para levantarnos y seguir adelante.

Conclusiones:

  1. Las consecuencias del pecado siempre tienen un poder destructivo enorme, al grado que las vidas de muchas personas literalmente quedan marcadas con un “antes” y un “después” de tal o cual pecado. Por ejemplo, el alcoholismo ocasiona este tipo de historias, el adulterio también, las drogas igualmente, el amor al dinero lo mismo, y así podríamos continuar mencionando más. Tengamos temor de permitir que el pecado domine nuestra vida y nos controle, porque seguramente llegará el día en que experimentaremos un “antes” y un “después” pero para sufrimiento personal.
  2. Aunque nuestro mundo moderno se jacta mucho de preveer y pensar en el futuro, la realidad es que la mayoría de las personas no piensan en el futuro más importante: ¡su eternidad! Si tan sólo pensáramos más qué decisiones necesitamos tomar hoy para pasar la eternidad con Dios, ¡cuánto cambiaría nuestra vida! Pensemos más en el futuro, pero no en el inmediato, sino en el lejano, el futuro cuando Jesús regrese y cada ser humano sea juzgado por Dios. Pensemos en cómo poder estar firme en aquel día y disfrutar de nuestra relación con Dios. Así derrotaremos al pecado que nos quiere dominar.
  3. Si el amor al dinero y el materialismo son una debilidad en nuestra vida, es cuestión de tiempo que Dios nos lleve a darnos cuenta que hay situaciones en las cuales el dinero y los bienes materiales no sirven para nada. Aprendamos de la lección que aprendieron los sobrevivientes de Jerusalén. Valoremos lo que realmente tiene valor y no andemos desgastándonos en todos los sentidos sólo con las cuestiones materiales.
  4. El enojo de Dios es real y no lo podemos negar. Hay personas que sólo quieren escuchar del amor de Dios pero no de su enojo. Una visión sana de Dios involucra tanto el comprender que es un Dios de amor como aceptar que también tiene una furia terrible y que cuando juzga, lo hace en serio.
  5. Una de las mejores cosas que podemos hacer enmedio del sufrimiento es buscar a Dios. ¿Cuándo fue la última vez que realmente “vaciaste” tu corazón ante Dios en un tiempo de oración? ¿Cuándo fue la última vez que derramaste ante su presencia todas tus preocupaciones y te levantaste después en paz y confiado(a)? Es en el sufrimiento cuando más necesitamos buscar a Dios.

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