Día 287

2 REYES 21.1 – 26, 2 CRÓNICAS 33.1 – 25.

La historia de los reyes de Israel y de Judá, sobre todo después del rey David, es un constante cambio entre la fidelidad a Dios sincera y la rebeldía extrema. Hoy nos corresponde estudiar una de estas historias de rebeldía y desobediencia, a pesar del buen ejemplo que dejó Ezequías a su hijo. Es la historia de Manasés y de su hijo Amón.

Tanto 2 Reyes 21 como 2 Crónicas 33 nos presentan la narración de la vida de ambos reyes, padre e hijo, que siguieron en el trono a Ezequías después de su muerte. La Biblia nos dice que Manasés comenzó su reinado siendo muy joven, a los 12 años. Ahora bien, no reinó solo al inicio, la historia nos dice, de acuerdo con La Biblia de Estudio Apologética, que Ezequías co-reinó con su hijo del 697 al 686 a.C., siendo esta última fecha cuando murió Ezequías. A partir de ahí, Manasés continuó reinando solo hasta el 642 a.C. Esto significa que al menos reinó 11 años al lado de su padre, teniéndolo cerca como consejero, recibiendo instrucción y ayuda, aprendiendo de él. Suficiente tiempo para haber aprendido al menos las cosas más elementales de un buen gobierno y una buena relación con Dios, como la tuvo su padre. Después reinaría por su cuenta 44 años, suficiente tiempo también para poner en práctica lo aprendido.

Pero lamentablemente Manasés no siguió la lógica más sana, sino que tomó muy malas decisiones una vez que estuvo solo, las cuales podemos mencionarlas en base a la información de ambos libros de la siguiente manera:

  1. Siguió las prácticas paganas de las naciones que antiguamente poblaban el territorio (2 R 21.2).
  2. Echó para atrás todas las reformas religiosas que su padre había hecho, incluyendo la reconstrucción de templos paganos que habían sido destruidos en tiempos de Ezequías (2 Cr 33.3).
  3. Levantó nuevos altares para otras deidades, como Baal y Asera, y rindió culto a “todos los poderes de los cielos” (2 R 21.3), esto quiere decir, a las deidades astrales. De acuerdo con el The New American Commentary: 1, 2 Kings, de Broadman & Holman Publishers, se cree que en Judá se llegó a adorar al sol, la luna y a Venus, como si fueran dioses.
  4. Profanó el templo de Dios en Jerusalén al construir altares paganos y una imagen esculpida de la diosa Asera y colocarlos dentro del mismo (2 R 21.4, 7).
  5. Ofreció como sacrificio en el fuego a sus propios hijos, dedicando sus muertes a las deidades paganas que así lo requerían en sus tradiciones (2 Cr 33.6).
  6. Finalmente terminó hundido en el ocultismo a través de la práctica de hechicería, adivinación, brujería y consulta a médiums y videntes; todo esto prohibido terminantemente por Dios (2 Cr 33.4-6).
  7. La evaluación final de su desempeño como rey se resumen en estas palabras: “Manasés los llevó a cometer cosas aún peores que las que habían hecho las naciones paganas que el SEÑOR había destruido cuando el pueblo de Israel entró en la tierra.” (2 R 21.9).

¡Qué terrible lista! ¿Por qué terminaría así Manasés? ¿Fue culpa de su padre? ¿No tuvo un buen punto de referencia en su familia? ¿Nunca vio el poder de Dios a su alrededor? ¿Nadie le enseñó de Dios? De acuerdo al relato bíblico anterior, nada de eso sucedió, al contrario, tuvo en Ezequías un buen ejemplo de uno de los mejores reyes de Judá que existieron. ¿Entonces qué le pasó? Es aquí donde el famoso “libre albedrío” se hace presente, ya que Manasés ya adulto eligió de forma consciente seguir el ejemplo de su abuelo Acaz, quien también se entregó a la idolatría y al sacrificio de su hijo (2 R 16.3). A pesar de tener a su alcance imitar a su padre, decidió mejor imitar a su abuelo y a los reyes de la caída Israel, como Acab (2 R 21.3).

¿Qué hizo Dios al respecto? Lo que siempre hace cuando ve a su pueblo o a individuos que lo siguen comenzar a desviarse: ¡mandarles avisos! 2 Crónicas 33.10 dice, “El SEÑOR les habló a Manasés y a su pueblo, pero no hicieron caso a sus advertencias.”, y 2 Reyes 21.10 dice, “Luego el SEÑOR dijo por medio de sus siervos, los profetas…” Dios mandó a sus profetas a que advirtieran a Judá sobre las consecuencias que acarrearían sus pecados si no se arrepentían, pero fue inútil, no les hicieron caso. En respuesta, Manasés “asesinó a mucha gente inocente, a tal punto que Jerusalén se llenó de sangre inocente de un extremo a otro.” (2 R 21.16). De acuerdo con La Biblia de Estudio Arqueológica, el historiador judío Josefo, en el siglo I d.C., afirmaría que dentro de esos asesinatos estuvieron muchos profetas a quienes mataba diariamente, y dentro de los cuales se cree como ya mencionamos que estaría el gran profeta Isaías.

Las consecuencias no se hicieron esperar. De acuerdo con 2 Crónicas 33.11, “el SEÑOR envió a los comandantes de los ejércitos asirios y tomó a Manasés prisionero. Le pusieron un aro en la nariz, lo sujetaron con cadenas de bronce y se lo llevaron a Babilonia.” ¿Cómo sucedió esto exactamente? De acuerdo con La Biblia de Estudio Arqueológica, durante el reinado de Manasés, Judá perdió su breve tiempo de independencia bajo Ezequías y terminó siendo súbito de Asiria. De hecho, su nombre se ha encontrado en 3 documentos contemporáneos: un sello y 2 inscripciones asirias, una de las cuales menciona a Manasés dentro de una lista de 22 reyes que fueron obligados a transportar material de construcción a Nínive bajo “dificultades terribles”. Ya hablamos antes de la crueldad asiria y no queda duda de que Manasés fue tratado de la misma forma que otros de sus contemporáneos.

Lo que viene a continuación dentro de la narrativa bíblica es algo sorprendente y tal vez hasta difícil de creer para algunas personas: estando “sumido en profunda angustia” (2 Cr 33.12), Manasés buscó a Dios con sinceridad y con humildad, y Dios contestó su oración y hasta se conmovió por la misma (2 Cr 33.13), permitiéndole regresar a Jerusalén restaurado en su posición de rey. Fue hasta entonces que la Biblia dice que “Manasés finalmente se dio cuenta de que el SEÑOR es el único Dios”. Al regresar comenzó una amplia campaña de reformas religiosas, esta vez correctas, que incluyeron la reconstrucción de las murallas destruidas, la remoción de los ídolos y altares paganos que había colocado en el templo, la restauración del altar de Dios y el reestablecimiento del culto correcto al Señor. También intentó alentar al pueblo a que regresaran a adorar a Dios, pero muchos continuaron ofreciendo sacrificios en los templos paganos “aunque solo los ofrecía al Señor su Dios” (2 Cr 33. 17). El daño estaba hecho y el pueblo había adoptado ya un sincretismo religioso entre el culto bíblico a Dios y las costumbres paganas.

De acuerdo con el Holman Concise Bible Dictionary, de Broadman & Holman Publishers, varios estudiosos bíblicos han cuestionado la autenticidad del relato de 2 Crónicas 33 debido a que incluye la historia del arrepentimiento de Manasés, mientras que 2 Reyes 21 no la incluye. La diferencia se puede explicar por el enfoque que cada autor le dio a sus escritos: 2 Reyes trataba de presentar el caso de la apostasía de Judá solamente, mientras que 2 Crónicas intentó mostrar el alcance del perdón de Dios y cómo restaura al que se humilla. No hay razón alguna para dudar de la autenticidad de la historia. Incluso para darle validez a su historia, el autor de 2 Crónicas afirma que otras fuentes externas contienen el mismo relato (2 Cr 33.18): El Libro de los Reyes de Israel y El Registro de los Videntes (que contenía supuestamente la oración que hizo Manasés y la respuesta de Dios). El primero es 1 y 2 Reyes y el segundo no está disponible, pero existe un libro apócrifo llamado La Oración de Manasés, escrito entre el 200 y el 100 a.C., que refleja toda la especulación que se levantó después por esa famosa oración.

La historia termina con el triste relato del hijo de Manasés, llamado Amón, que decidió seguir el mal ejemplo de su papá y no su arrepentimiento, regresando a la idolatría y pecando aún más que Manasés (2 Cr 33.23). Terminó siendo asesinado por sus propios funcionarios y solo se le permitió reinar 2 años (2 R 22.19).

Conclusiones:

  1. Todos los creyentes tenemos buenos y malos ejemplos a nuestro alrededor. El apóstolo Juan dijo en 3 Juan 11, “Querido hermano, no sigas los malos ejemplos, sino los buenos.” Es nuestra responsabilidad delante de Dios decidir qué tipo de ejemplo vamos a imitar de las personas que nos rodean. De todos podemos aprender algo, bueno o malo. Manasés decidió seguir el ejemplo de su abuelo y no el de su padre y de eso rindió cuentas a Dios. Es nuestra responsabilidad personal delante de Dios qué decidamos: si seguir los buenos ejemplos aunque nos cueste más trabajo, o seguir los malos ejemplos que siempre son el camino más fácil pero nos llevan a sufrir más a largo plazo. Tú decides.
  2. Siempre que nos estamos desviando de nuestra fe, Dios nos envía mensajeros para ayudarnos y darnos advertencias. Ya depende de nosotros si los escuchamos o no, como le sucedió al pueblo de Judá, que prefirió escuchar a su rey Manasés completamente extraviado y rechazó el mensaje de los profetas que mandó Dios.
  3. Sorprendámonos del alcance impresionante de la misericordia y el perdón de Dios para con los hombres. Pareciera que Manasés nunca sería perdonado por todo el mal que hizo al pueblo de Dios, y sin embargo, de entre todos los malos ejemplos en el liderazgo de Israel y Judá, él brilla por el cambio que hizo y el arrepentimiento que experimentó. Muy probablemente encontraremos a Manasés en el cielo un día. Dios puede perdonar cualquier pecado mientras haya arrepentimiento y humildad, claro está, con la excepción que Jesús mencionaría más adelante (la blasfemia contra el Espíritu Santo).

 

Los dejo con una ilustración de la famosa oración de Manasés, contenida en el libro The Bible and its Story, Volume 8: Prophets – Gospels, Ezequiel to Matthew Family Record, de Francis R. Niglutsch.

Oración de Manases Final


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