Día 320

JEREMÍAS 42.1 – 44.30, EZEQUIEL 33.21 – 33.

Continuaremos hoy con la narración de los hechos que sucedieron después de la caída de Jerusalén, ahora desde el enfoque del profeta Jeremias, quien se encontraba físicamente en Jerusalén, y del profeta Ezequiel, quien como recordamos estaba entre los primeros exiliados en Babilonia. Ambos recibieron anuncios proféticos simultáneos contra Egipto.

En los pasajes correspondientes a este día encontramos lo que podríamos llamar una auténtica falta de sinceridad para con Dios. Los líderes guerrilleros y todo el pueblo sobreviviente le hicieron una petición al profeta: “—Por favor, ora al SEÑOR tu Dios por nosotros… 3 Ora que el SEÑOR tu Dios nos muestre qué hacer y adónde ir…. 6 Nos guste o no, obedeceremos al SEÑOR nuestro Dios a quien te enviamos con nuestro ruego. Pues si le obedecemos, todo nos irá bien.” (Jer 42.1-6). Aparentemente era una petición muy sincera y honesta y además expresaron una total disposición a obedecer lo que Dios les dijera, les gustara o no les gustara. Hasta este punto parecía que todo iba bien y por primera vez en mucho tiempo Jeremías escuchaba de parte del pueblo una muestra de una fe genuina. ¡Tal vez ya habían aprendido la lección!

Pasaron 10 días (Jeremías 42.7) y llegó por fin la respuesta de Dios, la cual fue: ““Permanezcan aquí en esta tierra. Si lo hacen, los edificaré y no los derribaré …. 11 No teman más al rey de Babilonia… yo estoy con ustedes, los salvaré y los libraré de su poder. 12 Seré misericordioso con ustedes al hacer que él sea amable para que les permita quedarse en su propia tierra”.” Y también les dio una advertencia anticipando una posible reacción negativa, “Si están decididos a irse a Egipto y vivir allí, 16 la misma guerra y el mismo hambre que temen los alcanzarán, y allí morirán.” (Jer 42.15-16). Hasta este momento tenemos entonces una petición de dirección a Dios y su respuesta. ¿Cómo reaccionaría el pueblo ante esto?

El pueblo reaccionó muy mal ante la respuesta de Dios. Dirigido por sus “hombres arrogantes” (Jer 43.2) le contestaron a Jeremías que esa respuesta era mentira y quisieron encontrarle un tinte politico a la misma, acusando a Jeremías de haber conspirado junto con Baruc para que los babilonios se aprovecharan de los sobrevivientes (Jer 43.2-3). El v. 4 nos confirma que todos los líderes y todo el pueblo “se negaron a obedecer la orden del Señor de permanecer en Judá”. Acto seguido, tomaron a todos los sobrevivientes incluyendo a Jeremías y a Baruc y se los llevaron a la ciudad egipcia de Tafnes.

¿Qué pasó con la aparente sinceridad del pueblo sobreviviente que leímos al inicio? ¿Dónde quedó ? Veamos algunos aspectos importantes:

  1. Recordemos que el profeta estaba anticipando la falta de sinceridad de ellos cuando dijo en Jeremías 42.20, “20 Pues no fueron sinceros cuando me enviaron a orar al SEÑOR su Dios por ustedes. Dijeron: “Sólo dinos lo que el SEÑOR nuestro Dios dice ¡y lo haremos!”. 21 Hoy les he transmitido exactamente lo que él dijo, pero ahora ustedes no obedecerán al SEÑOR su Dios más que en el pasado.”, “Porque se engañan a sí mismos, pues ustedes fueron los que me enviaron al SEÑOR… ” (NBLH), “Por qué hicisteis errar vuestras almas? Pues vosotros me enviasteis ante Jehová… ” (RVR95). De alguna manera Jeremías se dio cuenta desde el inicio que el pueblo no estaba siendo sincero cuando buscó a Dios para pedir dirección, ¡en el fondo de su corazón ellos harían lo que quisieran!, no lo que Dios quería. Se estaban engañando a sí mismos al pedir dirección de Dios.
  2. Dios le reveló a Ezequiel a muchos kilómetros de distancia que el mismo problema lo tenían los exiliados en Babilonia con respecto a los mensajes que él les comunicaba: a) la gente murmuraba a sus espaldas (Ez 33.30), b) se acercaban al profeta “fingiendo sinceridad” pero sin ninguna intención de obedecer (Ez 33.31), y c) no tomaban en serio al profeta sino pensaban que era solamente “entretenido” (Ez 33.32).
  3. Así podemos definir la falta de sinceridad para con Dios: aunque lo busquemos para conocer su voluntad para nosotros, al final no vamos a hacerle caso sino que haremos lo que queremos hacer. Podemos incluso fingir delante de otros creyentes (la iglesia) que realmente estamos muy interesados en escuchar y obedecer, pero en la práctica hacer todo lo contrario.

Dios envió entonces otro mensaje profético a Jeremías para que lo comunicara a los sobrevivientes rebeldes (Jeremías 43.8 – 4.29). Haciendo uso nuevamente de acciones simbólicas (el entierro de piedras a la entrada del palacio del faraón en Tafnes), el profeta anunció que el rey Nabucodonosor reinaría sobre Egipto también y lo destruiría (Jer 43.11). Nuevamente vemos el énfasis en el castigo a la idolatría en este caso de Egipto en Jeremías 43.12-13 con la referencia al incendio de los templos de los dioses egipcios que sucedería. Recordemos que la destrucción que las naciones paganas que rodeaban a Israel sufrieron durante este período no fue meramente un “daño colateral” del juicio a Judá, sino que estaba reservada para ellos por Dios debido a su imparable idolatría con la cual habían contaminado a su pueblo.

En Jeremías 44 podemos notar cómo se expuso aún más la terquedad y el corazón rebelde y endurecido de todo el pueblo, ya que cuando Jeremías confrontó a las mujeres que le rendían culto a “la reina del cielo” (Jer 44.16) y a sus esposos, ellas contestaron: “16 —¡No escucharemos tus mensajes del SEÑOR! 17 Haremos lo que se nos antoje. Quemaremos incienso y derramaremos ofrendas líquidas a la reina del cielo tanto como nos guste” (Jer 44.16-17), y “‘Guardaremos nuestras promesas de quemar incienso y derramar ofrendas líquidas a la reina del cielo’” (Jer 44.25). Como podemos observar, en realidad los israelitas no habían aprendido ninguna lección a pesar de toda la desgracia que experimentaron. El mismo Dios reconoció de ellos: “Hasta este mismo instante no han mostrado remordimiento ni reverencia. Ninguno ha elegido obedecer mi palabra ni los decretos que les di a ustedes y a sus antepasados.” (Jer 44.10). Falta de arrepentimiento, falta de sinceridad, rebeldía extrema, corazón duro, ¡eso era todo lo que Judá podía ofrecer en ese momento!

Dios reconoció que su pueblo estaba en una actitud autodestructiva cuando les preguntó: “7 »Ahora, el SEÑOR Dios de los Ejércitos Celestiales, Dios de Israel, les pregunta: ¿por qué se destruyen ustedes mismos?” (Jer 44.7), ““¿Por qué ustedes se hacen un daño tan grande a sí mismos…?” (NBLH), ““¿Por qué se provocan ustedes mismos un mal tan grande?” (NVI). Dios había asegurado que todos morirían de la peor manera si seguían aferrados a su idea de refugiarse en Egipto, pero no quisieron escuchar. Todo el orgullo y la arrogancia que traían en su corazón se había convertido en una trampa mortal, peor aún que los que murieron en la conquista de Jerusalén, ya que este grupo no quiso reflexionar en su vida a pesar de haber presenciado tal destrucción. Al final, se estarían destruyendo a ellos mismos y a sus familias.

¿Cómo reaccionó Dios ante tanta muestra de orgullo insensato y estúpido de parte de su pueblo?

  1. Tomó una determinación final: ““He jurado por mi gran nombre —dice el SEÑOR— que mi nombre ya no será pronunciado por ningún judío en la tierra de Egipto. Ninguno de ustedes podrá invocar mi nombre… Todos los de Judá que ahora viven en Egipto sufrirán guerra y hambre hasta que todos mueran.” (Jer 44.26-28). Ya que los sobrevivientes de Judá se aferraron a su idolatría en Egipto, Dios borraría literalmente todo rastro de fe en Él entre ellos y pues básicamente todos morirían como consecuencia de su maldad. Incluso Dios aseguró que habría una señal de que sus palabras eran verdaderas: el faraón Hofra sería entregado en manos de sus enemigos que deseaban su muerte (Jer 44.30). De acuerdo con la Biblia de Estudio Apologética, efectivamente el general Amasis se autoproclamó rey y asesinó al faraón alrededor del 570 a.C.
  2. También decidió terminar con el orgullo de su pueblo de la forma más difícil: “Destruiré la tierra por completo y destrozaré su orgullo. Se acabará su poder arrogante.” (Ez 33.28). Era tan grande el orgullo de Judá que ya no había una forma más civilizada de llevarlo a la humildad más que a través de la desgracia, la destrucción y el dolor.

Conclusiones:

  1. Una de las formas en que se expone fácilmente si somos sinceros o no con Dios es cuando pedimos su dirección sobre tal o cual asunto y la respuesta que encontramos no es lo que esperábamos o lo que nos agrada escuchar. ¿Cómo reaccionamos? ¿Qué hacemos con las Escrituras que nos enseñan cómo resolver el asunto? ¿Las ignoramos? ¿Nos enojamos porque no se nos dijo lo que queriamos? Analízate a tí mismo(a) cómo has reaccionado en esas circunstancias y encontrarás la respuesta si has sido sincero(a) verdaderamente con Dios o no.
  2. Resulta muy peligroso para nuestra fe el permitirnos filtrar la Palabra de Dios para solamente escuchar y hacer caso a lo que nos gusta y lo que no nos gusta rechazarlo, tal como dijo el apóstol Pablo en 2 Timoteo 4.3–4 (DHH-LA): “3Porque va a llegar el tiempo en que la gente no soportará la sana enseñanza; más bien, según sus propios caprichos, se buscarán un montón de maestros que solo les enseñen lo que ellos quieran oir. 4Darán la espalda a la verdad y harán caso a toda clase de cuentos.” El satisfacer la necesidad de nuestros oídos de sólo escuchar lo que nos gusta nos puede llevarnos a darle la espalda a la verdad y perdernos para siempre.
  3. Mantener una actitud permanente de orgullo, arrogancia, menosprecio a la ayuda de los demás e indiferencia a lo que la Biblia nos dice que hagamos siempre se convierte en una actitud autodestructiva que nos llevará a sufrimientos innecesarios en nuestra vida. ¿Cómo estás tratando tu propio orgullo? ¿Te está ganando hoy la batalla? ¿Llevas tiempo aferrado(a) a una actitud orgullosa y arrogante? Ten cuidado, no vayas a terminar autodestruyéndote a tí y a tu familia.
  4. ¿Qué tal es nuestra actitud durante una predicación o un tiempo de enseñanza de la Palabra de Dios? ¿Fingimos que estamos atentos o realmente estamos con un corazón abierto a la dirección? Otra forma de detectar sinceridad o falta de ella es precisamente en nuestra actitud durante un tiempo de exposición pública de la Escrituras. Por algo dice Salmo 119.130 (NBLH), “La exposición de Tus palabras imparte luz; Da entendimiento a los sencillos.”, pero no funciona así con los orgullosos e indiferentes que están dentro de la misma audiencia, fingiendo interés y atención pero en el fondo de su corazón decididos a no escuchar nada y más bien dirigir sus vidas a su manera.

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