Día 321

EZEQUIEL 34.1 – 36.38.

Después de la caída de Jerusalén, Dios continuó mandando mensajes proféticos tanto a Jeremías como a Ezequiel. En este último caso, Dios envió mensajes que quería que fueran comunicados a los israelitas exiliados en Babilonia, tanto a los que ya estaban ahí desde el primer exilio, como a los que vendrían llegando poco a poco después de la conquista de Jerusalén.

Veamos varios de los temas más importantes del mensaje profético contenido en los capítulos 34 al 36 del libro de Ezequiel:

  1. La responsabilidad de los malos pastores de Israel. En Ezequiel 34.1-10 Dios lanzó fuertes acusaciones contra “los pastores, los líderes de Israel” (Ez 34.1). Les anunció mucha aflicción y además se declaró enemigo de ellos y los hizo responsables de la desgracia que experimentó su pueblo (Ez 34.10). ¿Qué vio Dios en ellos que lo llevó a asumir una posición tan fuerte?: A) Los líderes de Israel se atendían muy bien a sí mismos (eran muy egoístas) pero no atendían a las necesidades del pueblo (Ez 34.3). B) a través de la comparación con un pastor que no atendía a sus ovejas débiles, enfermas y a las descarriadas, Dios denunció las actitudes que encontró en esos líderes y que los convertía en malos pastores (indiferencia, falta de amor, despreocupación por el pueblo, etc.). C) Fallaron a su misión ya que como lideres del pueblo Dios esperaba de ellos que “alimentaran” a las ovejas y que salieran a buscar a las descarriadas. Debido a todo esto Dios decidió quitarles “el derecho” de alimentar a su rebaño, es decir, les quitó el privilegio de continuar siendo reconocidos como líderes de Israel, tanto políticos como religiosos. En la forma como Dios visualiza a su pueblo, ser reconocido como un líder siempre será un enorme privilegio dado por Dios pero también involucra grandes responsabilidades que si no son tomadas en serio, pueden traer consecuencias fuertes para los líderes. Así funcionaron las cosas en tiempos del Antiguo Testamento pero también en tiempos de la iglesia primitiva.
  2. La imagen del buen pastor. En Ezequiel 34.11-31 encontramos una extraordinaria comparación que Dios hace de sí mismo con la figura de un buen pastor. El trabajo del cuidado y crianza de ovejas era bien conocido en el mundo antiguo y la gente podía identificar muy bien la figura de un buen o un mal pastor. En este caso, Dios afirma que Él es un buen pastor para su pueblo porque: a) “busca al rebaño esparcido” (Ez 34.12), b) rescata a las ovejas esparcidas del camino del error (Ez 34.13), c) se asegura que tengan alimento necesario y descanso (Ez 34.13-15), d) se entrega a atender a las débiles y heridas hasta que sanen (Ez 34.16), e) separa a las “ovejas” de las “cabras” quienes solo se ocupan de abusar del rebaño y maltratarlo (Ez 34.17), f) protege a su rebaño de los animales peligrosos a quienes ahuyenta (Ez 34.25), g) siente completamente la responsabilidad de que su pueblo es su rebaño o “las ovejas de mi prado” (Ez 34.31). Dios se presentó a sí mismo como el mejor líder y el mejor pastor que su pueblo hubiera tenido alguna vez. Todo esto nos trae a la mente aquella obsesión que tuvo el pueblo de Dios en tiempos del profeta Saúl como está registrada en 1 Samuel 8.5, “nombra un rey que nos gobierne, como es costumbre en todas las naciones.” En aquellos tiempos Israel decidió que querían una figura visible como dirigente máximo sobre ellos y rechazaron la idea original de Dios: que su pueblo fuera gobernado a través de lo que el historiador judío Josefo llamaría siglos más tarde como “teocracia” (Dios mismo gobernando a su pueblo). Ahora, después de todo el desastre que los reyes de Israel habían causado a través de generaciones y por el cual el pueblo había pagado un altísimo precio, una vez más Dios les recuerda que Él siempre será el mejor pastor que pudieron haber tenido.
  3. Profecías mesiánicas en Ezequiel 34. Encontramos también en este pasaje varias referencias que se puede decir apuntan muy bien a la figura de Cristo: A) “Sobre ellos pondré un solo pastor, a mi siervo David. Él las alimentará y será su pastor” o “Voy a hacer que vuelva mi siervo David, y lo pondré como único pastor” (DHH-LA), B) la constante referencia a Dios como un buen pastor y que sin duda nos recuerda lo que Jesús dijo en Juan 10.11-15: “11 »Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas…. 14 »Yo soy el buen pastor; conozco a mis ovejas, y ellas me conocen a mí, 15 así como el Padre me conoce a mí y yo lo conozco a él, y doy mi vida por las ovejas”. Jesús que fue Dios hecho hombre se presentó a sí mismos también como el “buen pastor” por excelencia.
  4. Otro mensaje contra Edom. Ezequiel 35 contiene otro mensaje profético contra el pueblo de Edom, que como ya mencionamos, se habían aprovechado de la vulnerabilidad de la población de Jerusalén para asesinar a algunos y saquear todo lo que pudieran. Dios los denunció de la siguiente manera: “Tu eterno odio por los israelitas te llevó a masacrarlos cuando estaban indefensos, cuando ya los había castigado por todos sus pecados” (Ez 35.5). Si Dios ya había disciplinado a su pueblo, Edom no debería haber intervenido para continuar con el castigo. Dios le pediría cuentas a esa nación ya que por su parentezco con el pueblo de Israel se hacía aún más culpable por el daño cometido contra el pueblo santo de Dios. El v. 10 nos revela aún más el tipo de corazón que tenía Edom hacia Israel pero también hacia Dios: “»”Pues dijiste: ‘Los territorios de Israel y Judá serán míos; me apoderaré de ellos. ¡Qué me importa que el SEÑOR esté allí!’.” Dios desde el cielo había estado observando todos los pensamientos, las palabras y las acciones de Edom cuando Israel estaba pasando por el desastre. Edom tendría que dar cuentas de cada cosa que planeó y que llevó a cabo contra Israel.
  5. El celo de Dios por su nombre. En Ezequiel 36 encontramos varias referencias a la preocupación que Dios mostró con respecto a cómo sería visto “su nombre”: “Entonces me preocupé por mi santo nombre, al cual mi pueblo trajo vergüenza entre las naciones.” (Ez 36.21), “Los llevaré de regreso a su tierra, pero no porque lo merezcan sino para proteger mi santo nombre” (Ez 36.22), “Mostraré cuán santo es mi gran nombre, el nombre que deshonraron entre las naciones.” (Ez 36.23), “Sin embargo, recuerden, dice el SEÑOR Soberano, que no lo hago porque lo merezcan.” (Ez 36.32). ¿A qué se refiere todo esto? De acuerdo con el The New American Commentary: Ezekiel, de Broadman & Holman Publishers, desde el Pentateuco podemos observar cómo en Dios siempre estuvo la preocupación constante de cómo iba a ser revelado tanto su nombre como su carácter a su pueblo y a las naciones vecinas. Él no quería que ni su pueblo ni las demás naciones tuvieran una visión torcida de quién era Él. La razón que Él expone en Ezequiel 36 para redimir y restaurar a su pueblo es en esencia la misma que Moisés expuso ante Dios en Números 14.13–16 (NVI): “13 Moisés le argumentó al Señor: —¡Recuerda que fuiste tú quien con tu poder sacaste de Egipto a este pueblo! Cuando los egipcios se enteren de lo ocurrido, 14 se lo contarán a los habitantes de este país, quienes ya saben que tú, Señor, estás en medio de este pueblo…. 15 De manera que, si matas a todo este pueblo, las naciones que han oído hablar de tu fama dirán: 16 “El Señor no fue capaz de llevar a este pueblo a la tierra que juró darles, ¡y acabó matándolos en el desierto!”” A través de la restauración de Israel, Dios se aseguraría que tanto su pueblo pero también las naciones sobrevivientes vecinas terminaran reconociendo el gran amor y la gran santidad que Dios tenía y así evitar que sus mentes se desviaran a una visión equivocada de quién era Él. Eso es lo que significa cuando Dios dice en la Biblia que hará tal o cual cosa por su “santo nombre”.
  6. La renovación completa que experimentaría su pueblo. En Ezequiel 36.25-27 encontramos una promesa impresionante que Dios hace a su pueblo con respecto a la forma en que un día los restauraría: a) rociados con “agua pura” para limpiarlos, b) se les entregaría “un corazón nuevo” y “un espíritu nuevo” a cada uno, c) su “terco corazón de piedra” sería removido y en su lugar se pondría un “corazón tierno y receptivo”, y la más grande de todas tal vez, d) “Pondré mi Espíritu en ustedes para que sigan mis decretos y se aseguren de obedecer mis ordenanzas” (v. 27). De acuerdo con las notas de la DHH-LA, en Palestina el agua era escasa y por lo tanto llegó a ser un símbolo de vida y también de limpieza ritual. También el “corazón nuevo” que Dios prometía nos recuerda a el “corazón limpio” por el que oraba el rey David en el Salmo 51.10. Finalmente, Dios estaba prometiendo también poner su Espíritu en cada miembro de su pueblo. Recordemos que en el Antiguo Testamento el Espíritu de Dios no fue otorgado a cada israelita, sino más bien residía en personajes especiales como los profetas y algunos reyes (Moisés, Josué, David, etc.). Sin embargo, Dios estaba anunciando que en un tiempo futuro cada verdadero miembro de su pueblo habría recibido limpieza de sus pecados a través de agua, un corazón renovado con buenos sentimientos e intenciones incrustados en él, y finalmente el Espíritu Santo viviendo en ellos. ¿A quiénes nos recuerda esto? Pensemos en 1 Juan 3.24 (NVI), “El que obedece sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él. ¿Cómo sabemos que él permanece en nosotros? Por el Espíritu que nos dio.” Precisamente fue bajo el Nuevo Pacto que estas promesas se convertirían en una realidad para cada miembro del pueblo de Dios, es decir, los discípulos de Cristo. Con la ayuda del Espíritu Santo su pueblo sería capaz ahora sí de mantenerse fiel a sus enseñanzas y no desviarse como lo hicieron los israelitas. Y todo esto lo otorgaría Dios, no dependería para nada del corazón humano. Sería más bien un don de Dios.
  7. Una de las evidencias de una renovación profunda verdadera. En los siguientes versículos podemos observar algunas evidencias de cuando una persona realmente sería renovada por Dios: “Entonces recordarán los pecados que cometieron en el pasado y se avergonzarán de ustedes mismos por todas las cosas detestables que hicieron.” (Ez 36.31) y “¡Oh Israel, pueblo mío, ustedes deberían estar totalmente avergonzados por todo lo que hicieron!” (Ez 36.32). Cuando Dios transforma un corazón humano y lo convierte, esa persona recordará siempre con vergüenza todas las maldades que cometió y aspirará a un mejor futuro, libre de esos pecados. De ninguna manera podemos hablar de transformación por parte de Dios con una persona cuyas maldades no sólo son un recuerdo del pasado, sino una realidad del presente. Definitivamente cuando Dios transforma a alguien debe existir un “antes” y un “después” con respecto a la práctica del pecado. Además esa persona nunca pierde la vergüenza que siente por sus maldades de su vida pasada, ¡siempre las recuerda con dolor! Pero ya no con culpa, porque Dios ya lo limpió.

Conclusiones:

  1. Ser reconocido como un “líder” en el pueblo de Dios en cualquier nivel de servicio implica un enorme privilegio pero también lleva implícita una fuerte carga de responsabilidad delante de Dios. Muchos cristianos buscan a veces la parte del privilegio de ser reconocidos como líderes pero no les gusta la parte de la responsabilidad. Si vamos a servir en la iglesia en algún cargo de liderago, debemos aceptar ambas cosas: el privilegio que es y la enorme responsabilidad que implica delante de Dios.
  2. Dios es muy celoso de su nombre pero también de su pueblo. Él quiere que este mundo lo conozca como es en realidad y no conforme a una visión torcida y corrupta como muchas personas hoy la tienen. El estudio profundo de la Biblia nos ayuda a desarrollar una visión sana y correcta de Dios.
  3. Cuando alguien quiere volverse a Dios necesita experimentar una renovación completa, no parcial. La limpieza otorgada por Dios de los pecados debe estar presente, así como un corazón renovado con nuevos sentimientos e intenciones y por último el Espíritu Santo también debe entrar en esa persona. Toda experiencia religiosa que se quede corta de estos elementos no se puede considerar una verdadera conversión.
  4. Recordemos siempre con vergüenza y dolor nuestra vida pasada que teníamos antes de conocer a Cristo, no como si continúaramos cargando esasa culpa, sino como un recordatorio del lugar de donde nos sacó Dios y de todo lo que nos perdonó. Aunque pasen décadas enteras después de nuestra conversión nunca debemos perder la vergüenza y el dolor por las maldades en que vivíamos esclavizados antes de nuestra conversión.

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